San Marcos Sierras, Córdoba

21 Apr 2016

Le hicimos caso a las varias recomendaciones para que visitemos San Marcos Sierras cuando estuviéramos en la zona, así que un día salimos de Córdoba capital, hacia ese pueblito en las sierras de Punilla, 150 kilómetros al norte, que nos habían marcado como visita impostergable.

 

Apenas hacía un par de horas que habíamos llegado, mientras nos instalábamos en el camping municipal La Quebrada, al costado del Río San Marcos y al pie del Cerro de La Cruz, recibimos la invitación a una proyección de un par de cortometrajes y una charla a cargo de Moira Millán, representante de los mapuches y organizadora de la “Primer marcha de mujeres originarias por el buen vivir” que se había llevado a cabo a fines del año pasado en Buenos Aires.

 

Asistimos, ansiosos de aprender, todo aquello era nuevo para nosotros. En el lugar, nos concentramos unas cien personas, entre habitantes del pueblo y algunos viajeros como nosotros que pretendíamos conocer la situación que atraviesan.

 

En Argentina existen 36 naciones originarias, que han sido –y siguen siendo- desplazadas por la colonización y las multinacionales. En San Marcos, existieron durante siglos, los vulgarmente llamados Comechingones y actualmente viven decenas de familias descendientes de ellos que conviven pacíficamente con aquellos que alguna vez vinieron a este pueblo mágico y se quedaron a vivir enamorados por su energía y la paz con la naturaleza. 

 

La charla con la activista, dio lugar a que los nativos locales contaran su situación. El Buen Vivir, que es lo que pregonan, surge del dolor por el desplazamiento sufrido y propone como camino para llegar al bienestar, la convivencia con la gente y la naturaleza a través de cuatro factores fundamentales: sentir, pensar, ser productivo y vivir en comunidad.

 

En el pueblo viven casi mil habitantes que tienen como principal actividad económica la apicultura –es el principal productor de miel de la región-, y de la venta de diversos cereales y aceitunas. En los últimos años, se ha transformado en destino turístico para quienes buscan el contacto con la naturaleza y la historia de la región. Atractivo para aquellos de filosofía hippie, incluso tiene un museo referido al movimiento surgido décadas atrás.

Pueblo conformado por pequeñas casas, pintorescas y bien mantenidas; donde no existen si quiera edificaciones de dos pisos. Barcitos y almacenes rodean la Plaza del Cacique Tulián, en la que también se encuentra la iglesia del pueblo. Una construcción de piedra y adobe, levantada por los jesuitas del año 1691. Al lado del campanario, un parlante se usa como amplificador de la voz de la iglesia para hacer llegar a todo el pueblo las actividades de la misma, además de desear una buena jornada a los presentes.

 

 

El atractivo del paisaje va más allá del pueblo. Los ríos San Marcos y Quilpo surcan las sierras, siendo imperdibles las caminatas en los alrededores para conectarse con el paisaje.

 

El camino sigue, nos vamos con la experiencia inolvidable de poder compartir momentos con los nativos, en un entorno inmejorable. Habiendo conocido de boca de ellos mismos, la opresión que sufren en las distintas partes que habitan, que en los medios no se ve y que como ellos mismos dijeron Es hora de que apaguemos el televisor para encender la verdad. 

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