Un instante en Cafayate

31 May 2016

 

Cae la tarde. Estoy sentado en la mesa de la cocina del camping. El lugar se usa también como sala común, dónde los campistas se reúnen.
A mi izquierda, Franco ensaya con la guitarra, canta canciones de rock argentino en su mayoría, aunque se mezcla alguna de Uruguay y alguna que otra en inglés.
Afuera, a unos metros, sentados alrededor de un par de mesas, corre el mate, el vino y el tabaco. Los lenguajes no separan, unen. Aprender de lo que cada uno tiene para contar de su país es un hecho de todos los días.

 

 

 

Tres franceses, una vasca, una norteamericana, una dominicana, nosotros los uruguayos y argentinos de todos lados. Mar del Plata, Gualeguaychú, Buenos Aires, Bahía Blanca y algún que otro rincón están representados en los viajeros que paran y dejan su huella en cada lugar que van. Así de heterogéneo es el grupo que dormirá esta noche acá. Mañana, algunos se irán y otros llegarán para aprender y compartir.

 

Cada uno lleva una forma de viajar, un objetivo y una forma de sustentarse. Artesanos con sus pulseras, otros con sus trabajos en alambre, malabaristas, músicos y quienes se enamoraron del lugar y decidieron quedarse y consiguieron algún laburito por acá, por lo menos por un tiempo, hasta que toque seguir.

 

El lugar es el camping del Rafa, en Cafayate, provincia de Salta, en el mítico Norte argentino.

 

Mientras escribo, la música de la guitarra se alejó y la cocina fue copada por gritos, cargadas y desafíos de cuatro que juegan al truco. Apenas se conocen, sin embargo las carcajadas hacen pensar que hace años están juntos. Lejos de molestarme, me reconforta saber que estoy en este lugar, con esta gente, con quienes comparto mis días hoy.

 

Otro tabaco se arma, se enciende, y otro y otro. A la cocina empiezan a entrar los que van a preparar algo para cenar. Algunos se juntan para compartir lo que van a comer, otros lo hacen individualmente. Mientras, surge de forma espontánea una vaquita. Los mates quedan al costado y ahora lo que se comparte es el vino, mientras en el aire se respira un humo dulzón.

 

Hace dos días Nagore, una vasca que anda viajando por Sudamérica, empezó a trabajar en una parrillada. Hoy Maru, una entrerriana de ojos verdes, empezó a laburar en otro hostel. Adrián-otro Adrián que no soy yo-, anduvo entregando curriculums por varios lugares, mientras un par tienen de changa laburar como leñeros.

El dueño del camping es el Rafa, pero con el que compartimos más tiempo es con Guillermo, un veterano que hace unos meses comenzó a parar acá y es el encargado.

Hoy, Diego me preguntó en qué día vivimos. No me extraña que lo haya hecho. Todos los días son domingo, o martes o el que quieras que sea.

 

Muchas veces escuché hablar de lugares con energía, pero desde mi escepticismo lo veía como algo lejano. Hoy entiendo, lo siento. Comparto el lugar con gente que eligió una forma de vida alternativa, por lo menos por un tiempo. Que viaja sin apuro, que valora las pequeñas cosas.

 

Puedo seguir escribiendo pero difícilmente logre transmitir lo que se siente estando acá. Hay que estar y vivirlo para poder entenderlo. Me voy a reír un rato y vuelvo, después de todo, de eso se trata todo esto.

 

 

Un viaje de Adrián

 

 

 

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