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Mendoza no es al Norte

6 Jun 2016

Mendoza era un capricho en nuestro camino. Siendo nuestro objetivo recorrer América con dirección a Alaska, no era necesario que fuéramos hacia el otro extremo de Argentina para comenzar desde ahí a dirigirnos al Norte, sin embargo eso fue lo que hicimos.

 

Atraídos por sus viñedos y por las majestuosas montañas que exhibe la cordillera en esa zona del continente, decidimos que era un destino al que no podíamos faltar.

 

Pasamos un par de días en la capital, parando en lo de Romina y Matias, una pareja de viajeros que unos años atrás hizo un viaje en kombi por Sudamérica, que nos recibió sin siquiera conocernos.


La ciudad de Mendoza en sí, no nos generaba un atractivo en particular, por lo que a los dos días de haber llegado, retomamos camino hacia esos picos nevados que nos seducían a lo lejos. Habíamos legado a Mendoza junto con una ola polar, que había traído consigo la primera nevada del año en las montañas, que lucían blancas y contrastaban con el juego de colores, amarillo rojo y verde, que el otoño nos regalaba en los árboles en el llano.

 

 

 

Paramos en Uspallata, una pequeña ciudad ubicada en un valle, queda entre dos cadenas de montañas, la precordillera y la cordillera, por lo que con el Río Mendoza que la atraviesa y los cientos de Álamos, que la visten, la hacen de un lugar muy agradable de recorrer. Además, es la más cercana para poder hacer un campamento base y desde ahí ir hacia el Mirador del Aconcagua y otros puntos que nos interesaba visitar. Eso sí, a pesar de ser otoño, las temperaturas se hacían sentir con sus heladas por las noches.

 

Decidimos que al Aconcagua iríamos en ómnibus y no en la kombi, como había sido la totalidad de nuestro recorrido hasta ahora, debido a que nos comentaron que tras las nevadas de los días anteriores, gendarmería estaba solicitando el uso obligatorio de cadenas para la nieve para ir hacia la zona.

 

Recorrimos entonces los 75 kilómetros que separan a Uspallata del mirador del Aconcagua en un ómnibus que compartíamos con no más de 10 personas que iban hacia la zona. Convidamos con unos mates a un israelí, que apenas lo probaba y lo pasaba sin terminarlo. Se justificó diciendo que a él le gustaba tomar poco.

 

El Aconcagua es el pico más alto de América. Tiene 6960 metros, solamente superado por el Everest. Nosotros no fuimos al Aconcagua en sí, que suele ser visitado por alpinistas, y que requiere de preparación y días de campamento en su ascenso. Recorrimos sí, el Parque Nacional Aconcagua, que incluye la Laguna de los Horcones y caminar adentrándose hasta el mirador hacia la pared sur del cerro, alcanzando una altura de tres mil metros sobre el nivel del mar.
La visita fue para dos de nosotros, Diego y Fernando, el primer contacto con la nieve, que tapaba en su mayoría el suelo de tierra y piedra.

 

Mientras estábamos visitando el parque, comenzó a nevar por lo que si bien hacía más fría nuestra estadía, permitió disfrutar de ese fenómeno climático nada común en nuestro país.

 

Caminamos un largo rato hasta que decidimos parar a almorzar los “refuerzos” de jamón que llevábamos, acompañados por unos mates que calentaban el cuerpo y hacían olvidar el frío, mientras mirábamos maravillados esa enorme montaña que se eleva a la distancia.

 

Al regresar, fuimos hasta el puente del Inca, una formación natural de rocas sobre la ruta 7, con su sorprendente color oro, producto de los minerales que poseen las aguas termales que lo atraviesan.  Hoy está clausurado por el peligro de derrumbe, por lo que solamente se puede ver a la distancia sin poder adentrarnos en su estructura.

 

Los dos kilómetros que separan el ingreso al parque hasta el puente, los recorrimos por las vías del tren trasandino que corren al lado de la ruta. Vías hoy ya abandonadas, clausuradas desde 1965 por los permanentes aludes que sufrían su constante rotura. Vías, puentes y túneles que muestran el paso del tiempo y permiten trasladarnos con la imaginación en la historia, cuando la ruta no existía y era uno de los únicos medios de transporte.

 

Sobre las 18.30 terminamos el recorrido que habíamos ido a hacer. Del montón de puestos de artesanos que ofrecen productos de la zona, apenas había un par que aguantaban el frío en esta época, temporada baja.

 

El frío se hacía sentir y todavía faltaban un par de horas para que llegara el ómnibus que nos iba a volver a trasladar a Uspallata por lo que dos de nosotros, decidimos hacer dedo para lograr volver antes al pueblo. Tras media hora de colgar el cartel que rezaba Uspallata con una exagerada sonrisa en nuestros rostros, un auto con una pareja de mendocinos se detuvo y puso fin a la gélida tarde, justo cuando las luces del día se escondían detrás de las montañas y dábamos por fracasado nuestro intento de volver antes. Increíblemente la pareja de mendocinos que nos levantó, nos preguntó qué tal el mirador del Aconcagua y su recorrido. Estando a menos de 200 kilómetros jamás se arrimaron a hacerlo, nosotros mientras tanto, habíamos acomodado nuestro camino hacia el Norte desviándonos, solamente para llegar hasta ahí.

 

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