Avanzando, hasta en reversa

3 Jul 2016

Con la Mulita recién salida del taller, marchábamos contentos. Estábamos a pocos kilómetros de Bolivia, pero algo más de Argentina teníamos pendiente, fue así que partimos a la provincia de Jujuy, con destino a Purmamarca. Pasamos una noche ahí, de esas que sin lugar a dudas como otras tantas, recordaremos por la gente, por el buen momento que pasamos, pero también por el frío que pegaba, tanto que tuvimos que hacer fuego al costado de la kombi para poder sobrellevarlo.

 

Al día siguiente recorrimos los atractivos que teníamos en el lugar: el pueblo, el mirador y el Cerro de Siete Colores. Desde Purmamarca, podíamos ir a Salinas Grandes, una inmensa extensión de sal, que regala un paisaje particular, con kilómetros de blanco en el suelo, algo que no estamos acostumbrados a ver. Sin embargo, en el pueblo que estábamos no había estación de servicio para cargar combustible, y tampoco teníamos en el camino, por lo que tuvimos que ir hasta Tilcara a unos veinticinco kilómetros al norte, para después con el tanque lleno sí, desandar el camino y poder encaminarnos a Salinas Grandes a unos 60 km al Noroeste.

 

Miramos el mapa, y el camino era como un electrocardiograma perfecto, eso significaba que nos esperaba un camino sumamente sinuoso y una altura respetable de más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. De todas formas, eso no nos preocupaba. Hacía pocos días La Mulita había salido del taller y entendíamos se encontraba fuerte, por lo que tomábamos la Cuesta del Lipán, como una prueba previo a lo que iba a ser nuestro ascenso al altiplano en Bolivia.

 

Salimos entonces hacia Salinas Grandes, con el sol pegando fuerte, escuchando música, tomando mate y hasta nos dimos el gusto de levantar dos viajeros -ella alemana y él francés-, que iban rumbo a Chile. A pocos kilómetros de haberlos levantado, la montaña marcó presencia con su altura y curvas, haciendo que la Mulita no pudiera seguir avanzando. Como se dice comúnmente, se apunó. Le faltaba oxígeno.

 

 

 

La primera medida que tuvimos que tomar, a pesar de que lo lamentábamos, fue pedirle a nuestros acompañantes que se bajaran y quedaran en la ruta haciendo nuevamente dedo y que los pudiera levantar algún otro vehículo que fuera con menos peso. La siguiente medida fue uno de los tantos trucos que nos enseñaron en algún momento: quitarle el filtro de aire y ponerle una cebolla. No, no está mal la palabra, una cebolla. Según los entendidos esta verdura provee de oxígeno al vehículo permitiéndole hacer la combustión. Sin filtro de aire, con una cebolla en su lugar, bajamos la cuesta para tomar impulso. La Mulita salió con velocidad y fuerza. Pasamos sin parar por frente los mochileros que habíamos abandonado, los saludamos y seguimos, no queríamos perder impulso.

 

Fernando manejaba, Adrián llevaba el gps e iba avisando, 3.000 msnm, 3.500 msnm, nos acercamos a los 4.000 y así. Seguimos subiendo la cuesta, repleta de curvas cerradas. El motor se sentía fuerte, pero estaba apunada. Continuábamos bajando cada tanto a poner más cebolla en el filtro de aire, pero no había caso. Llegó un punto en que nuevamente, la Mulita había dejado de avanzar. Tuvimos que tomar la tercera medida que se nos ocurría. Diego y Adrián se bajaron, había que ayudarla empujando. Esto surgió efecto, pero por no más de 500 metros. Empujar un vehículo tan pesado y a casi cuatro mil metros de altura, parecían la selección jugando en La Paz, se quedaron sin fuerzas, siquiera para caminar, mucho menos para empujar.

 

Cada medida que íbamos tomando, era más drástica que la anterior, fue así que la última determinación que tomamos, fue ponerla en reversa y subir de esa manera. Así era el panorama, Fernando manejaba en reversa subiendo la cuesta, Adrián se adelantaba corriendo para corroborar que no viniesen autos de frente, mientras que Diego, con lo que quedaba de oxígeno en sus pulmones, trataba de alcanzarla desde metros más atrás, avisando a los vehículos que vinieran, de nuestra presencia irregular en la ruta.

 

 

Los conductores de los autos que pasaban miraban con incredulidad, dos loquitos haciendo señas y una kombi que trataba de ir por el carril correcto ascendiendo en reversa. Suponemos que la bandera uruguaya desplegada sobre el tablero de la kombi, explicaría muchas cosas. No nos íbamos a entregar por una montaña, mientras tuviésemos las ideas y la fuerza para hacerla llegar a la cima.

 

Finalmente fue algo más de un kilómetro en reversa, que dieron resultado, pasamos la peor parte, pudimos poner la Mulita para que avance normalmente y así continuamos el camino hacia la cima y más allá.

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