Hay nuevos vecinos en Quillacollo

3 Jul 2016

Desde hace 5 días estamos parados en Quillacollo, una ciudad en la zona metropolitana, a pocos kilómetros de Cochabamba, Bolivia.

 

La kombi dejó de andar hace una semana, un domingo cuando Diego y Fernando iban de Cochabamba hacia Oruro, para encontrarse con Adrián en Copacabana, en el lago Titicaca.

Desde ahí, y tras un par de días en la ruta, la trasladamos en un camión a Quillacollo, dónde la está arreglando un mecánico, que dice, que para el martes o miércoles va a estar pronta.

 

Desde entonces estamos acá. El mecánico, Willy, le sacó el motor para trabajar en él, y nosotros aprovechamos  que nos quedó la kombi para poder vivir en ella. La calle es un callejón, por suerte. Con casas de un lado de la calle, pero en el otro un muro que da para un terreno baldío. Casi no pasan autos, sólo algunos vecinos.

 

 

 

Notamos que nuestra presencia no era nada común para el barrio, y que podían haber especulaciones sobre las interrogantes de nuestra estadía anormal en el vecindario, así que después de un par de días, decidimos presentarnos mediante una carta, que tiramos debajo de la puerta de las casas más cercanas.

Nos motivó a esto, un cartel en el kiosco del barrio, que rezaba que hoy por la mañana había una reunión vecinal, con motivo de discutir: tema fluvial, alumbrado público, y varios. Pensamos que podíamos estar en esos “varios” y que era mejor despejar algunas dudas.

 

Así que nos presentamos. Les contamos que somos de Uruguay y salimos a viajar por América, y que si estamos invandiéndoles el barrio, es por un motivo de fuerza mayor, impulsados por nuestra falta de dinero por ir a parar en un hotel. Además claro, los invitábamos a que se arrimen a tomarse unos mates.

 

Deben haberse sentidos conmovidos con nuestra situación. Cuando nos levantamos, se nos acercó una vecina para reglarnos unas frutas. Cinco naranjas y una papaya, para ser detallistas.

Al rato, vino a conversar Julio, otro vecino. Estuvimos un rato de charla. Tras media hora de haberse ido volvió con un bollón de café molido, para nosotros.

 

Ayer, antes de habernos presentado, la señora del mecánico nos acercó un plato de sopa y un sándwich para cada uno, además de una sombrilla para que podamos cubrirnos del sol.

Que no se malentienda, no estamos pasando mal. Tenemos para cocinarnos, y no estamos incómodos, cuando mucho tenemos que imponernos ante el aburrimiento de tantos días acá. Que nos regalen cosas, tiene otro significado más que el material. Los bolivianos son poco afectivos, al menos es la sensación que nos llevamos, pero se abren cuando lo conocen a uno. Es bueno saber que se logre cierta empatía con lo que uno está haciendo, ante ellos que tienen estas características, distintas a las nuestras.

 

 

 

Los días, los pasamos al lado de la kombi. Por la mañana ponemos las sillas y una mesa desplegable en la parte de atrás, dónde da la sombra. Por la tarde pasamos a cocinarnos algo en el terreno baldío, aprovechando la sombra de los árboles y la tranquilidad. Por la noche, nos instalamos al frente de la kombi, donde la luz de una columna del alumbrado público, nos deja cocinar y estar, sin más.

Escribiendo, leyendo, escuchando música, compartiendo unos mates. A pesar de estar nuevamente ante un problema mecánico que vuelve a deteriorar nuestra economía, estamos contentos de estar acá. Sobrellevando este momento, que debería ser malo.

 

Quillacollo nos regala una historia irrepetible, de una forma de vida, de otra forma de pasar los días.

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