La Mulita herida, en Argentina

3 Jul 2016

- Les da para volver, quédense tranquilos.
- Volver a dónde?
- A Uruguay.
Hubo un silencio, nos miramos y respondimos.

- Eh bueno, pero nosotros no vamos para Uruguay, estamos viajando y vamos para el Norte, a recorrer América.

 

El diálogo era con Beto, un mecánico ya retirado, que se especializa en kombis desde el 82, en la ciudad de Mendoza.

Con apenas mirar 10 minutos a la Mulita, nos dio un diagnóstico claro. Llevábamos un juego axial, que hacía que se había jodido el retén de bancada del cigüeñal, por lo tenía que abrir el motor, para ver que otros inconvenientes podíamos estar teniendo.

La suma que nos pasó nos pareció demasiado elevada, y además debíamos estar aproximadamente un mes en la ciudad mientras la arreglaba, con todos los gastos que conllevaba, cuando apenas hacía unos 20 días que habíamos salido de viaje.

 

Habíamos ido a ver a Beto, porque veníamos con un golpeteo en el motor que hacía además que no estuviera marchando con su fuerza habitual. Decidimos seguir sin hacer caso a la recomendación, sabiendo que en cualquier momento algo se iba a dañar, pero sería en otro momento.

Recorrimos las provincias de Mendoza y San Juan sin tener inconvenientes, pero comenzó nuevamente a no tener fuerza y perder aceite constantemente.

 

Camino a Catamarca, tuvimos que parar en la ruta. Se había encendido la luz del aceite alertando del estado crítico –estaba consumiendo más de un litro diario-. Lo completamos  esperando que permitiera llegar a la estación de servicio más próxima. Quedaba a 20 kilómetros en San Martín de Catamarca, un pueblito de 500 personas, en no más de 8 manzanas.
En la YPF nos avisaron que en el pueblo no había mecánico, por lo que compramos dos litros de aceite, esperando nos diera para completar los 100 kilómetros hasta llegar a San Fernando de Catamarca, la capital de la provincia, esperando conseguir ahí la solución.

 

Antes de irnos a dormir, pasamos por una despensa en busca de pan y vino para pasar el rato. El muchacho que nos atendió nos comentó que había llegado al pueblo esa tarde un mecánico que trabaja en Córdoba, y que regresa cada quince días. Lo llamó y a los 5 minutos estaba José, revisando la kombi. Quedamos en que al otro día a primera hora, la miraba y veíamos que solución encontrábamos.

Al estar en un pueblo lejos de todo, luego de revisarla y hacerle un ajuste de válvulas, nos recomendó que fuéramos a Famaillá, una localidad veinte kilómetros antes de llegar a Tucumán. Allí tiene un taller su tío que entiende de kombis, pero que además quedaba a pocos kilómetros de la ciudad más importante del Norte argentino, por lo que conseguir repuestos, sería más sencillo. Pensábamos.

 

 

 

José nos había diagnosticado lo mismo que Beto anteriormente en Mendoza. Llegamos entonces a Famaillá, dónde conocimos a Fernando, el mecánico. Un veterano que ha sufrido dos ACV en su vida, por lo que tiene la mitad del cuerpo paralizado. Masticando coca, según él para estar tranquilo, entre anécdotas que contaba y problemas del motor que nos iba mostrando a solucionar, nos fuimos, dejándola ahí. Separándonos por primera vez de la Mulita en los días que llevábamos de viaje.

Era lunes. Si todo andaba bien, el jueves tendríamos la kombi y podríamos seguir. Pero todo no anduvo bien. Además del retén que tuvo que ser traído de Córdoba, descubrieron que la tapa de cilindros estaba en pésimas condiciones por lo que había que cambiarla para poder seguir.

A diferencia de lo que puede eso significar en Montevideo, ir a cualquier casa de repuestos y problema solucionado, estando en Tucumán, era una complicación inmensa. Prácticamente no se ven kombis ni fuscas en esta zona por lo que no existen los repuestos. Se consiguen trayéndolos desde otras ciudades.

 

Nos pusimos en campaña entonces para poder conseguir la tapa de cilindros. Averiguamos en Mercado Libre, pero la única que había estaba en Misiones y demoraba unos 4 días en llegar. Intentamos traerla de Uruguay, pero los inconvenientes que nos pondría la aduana hacían imposible esa opción. Buscamos en los grupos de kombi de Tucumán y el resto de Argentina para ver si podíamos conseguir, pero nada.

Mientras manejábamos como opción mandar a comprar una a Buenos Aires, sucedió algo que no esperábamos. Llegó un hombre a un taller, que reconoció La Mulita Viajera de las redes sociales. Hizo un par de llamadas y al rato estaban buscando la tapa de cilindros de un motor de una kombi abandonada.

 

Los días pasaban, nos habíamos ido de Tucumán hacia Tafí del Valle, cansados de la lluvia y tras ver tocada nuestra economía por vernos obligados a pagar hostel. En Tafí, el frío, además de los días que pasaban sin que veamos el sol, nos impulsaron a seguir hacia Cafayate, donde seguiríamos esperando por la Mulita.

Al final de la tercera semana de espera, nos enteramos de que la tapa de cilindros que habíamos conseguido no funcionaba, porque era de ocho aletas, en vez de seis.

 

Intentamos nuevamente que Naldo, un primo de Adrián que vive en Buenos Aires y nos había enviado el juego de juntas, nos consiguiera la tapa en la capital argentina, pero ésta vez la búsqueda no fue fructífera, por lo que optamos por una solución un poco más compleja. Encargamos la tapa de cilindros a Montevideo, para que de ahí la envíen a Fray Bentos, dónde Maikol, un amigo, la cruce de contrabando a Gualeguaychú y de esa forma nos la envíe por encomienda a Tucumán, salteándonos de esa manera, el control de aduana que no nos hubiese permitido recibir el repuesto.

 

El plan funcionó. La tapa de cilindros llegó a Tucumán, el mecánico la armó y pudimos por fin, después de 30 días, volver a subirnos a la Mulita Viajera y seguir nuestro camino por América.

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