La Mulita contra la altura

10 Jul 2016

Salimos camino a la Quiaca, con el objetivo claro de cruzar una nueva frontera. Llevábamos con nosotros a Pedro, un catalán que habíamos conocido en Tilcara. La ruta no se mostraba de temer, pero igualmente íbamos subiendo en recta. En un momento del trayecto, aún en la provincia de Jujuy, La Mulita comenzó a apunarse, por lo que tuvimos que comenzar a utilizar las herramientas que sabíamos que funcionarían: empujar y algo de desodorante con alcohol al filtro de aire. Con eso bastó para tomar impulso, de tal manera que ese día recorrimos 250 km sin inconvenientes, dejando atrás Humahuaca, La Quiaca, Villazón, llegando finalmente a Tupiza, una ciudad ubicada a 200 km de Potosí, después de haber pasado unos cien kilómetros la frontera entre Argentina y Bolivia.

 

Antes de legar a Potosí, el camino alcanza por momentos los 4.300 metros sobre el nivel del mar, lo que llevó a que durante algunos trechos, tuvimos que hacer el recorrido en primera y sin filtro de aire. Costó, pero llegamos. Ingresamos a la ciudad, sin tener idea de lo que nos íbamos a encontrar: calles sumamente empinadas y un tránsito increíblemente desprolijo, dónde cualquier tipo de vehículo para en la mitad de la calle sin previo aviso, entre tantas otras aberraciones del tránsito. La Mulita comenzó a no moderar, apagarse cada vez que apretábamos el embriague y quedarse con poca fuerza para subir repechos que claro, eran muy empinados y por si fuera poco, para nuestra falta de costumbre, con calles angostas en las que la kombi apenas pasaba. Con estos pequeños percances, que suponíamos eran normales por la altura, logramos situarnos en la plaza principal de la ciudad.

 

En los días que estuvimos en Potosí, no movimos La Mulita de lugar. Le dimos un merecido descanso, después de los que había sufrido para llegar. Después de pasar un par de noches y haber recorrido la ciudad, volvimos a sacarla a la ruta, para dirigirnos hacia Uyuni, en busca del pintoresco mar de sal. Excepto en la salida, dónde el motor expulsó una de sus bujías y fue solo volver a colocarla, no tuvimos inconvenientes, tanto a la ida como a la vuelta del salar. El paseo que lo hicimos con Hernán y Rosaly, dos amigos del viaje.

 

Nuestro siguiente destino, conociendo los distintos lugares de Bolivia era Sucre, a 204 km de Potosí. El camino no era tan complicado como otros que se nos habían presentado. Sin embargo, después de recorrer ciento veinte kilómetros, comenzó con ruidos que nos eran extraños, y a perder fuerza, por lo que faltando unos ochenta kilómetros para llegar a Sucre, decidimos darle un breve descanso y tratar de identificar lo que sucedía.

 

El ruido parecía ser cuando el caño de escape se rompe o directamente no lo tiene, pero éste se encontraba en perfectas condiciones. Tengan en cuenta al leer esto, nuestra ignorancia de mecánica y sobre todo de Volkswagen. Igualmente, algo hemos ido aprendiendo en el camino, por lo que a veces nos animamos a meter mano. Dentro de lo poco que sabemos hacer, le dimos descanso, le completamos el aceite y cambiamos bujías para ver si esto la ayudaba a recuperar un poco de la fuerza que había adquirido después de salir del taller. Volvimos a la ruta después de ese pequeño parate, pero el mal funcionamiento y los ruidos persistieron. A pesar de ello pudimos llegar a Sucre y ubicarnos a pocas cuadras de la plaza principal. Hernán y Rosaly, seguían con nosotros, pero dada las circunstancias mecánicas tomamos la decisión de no continuar juntos. Si quedábamos tirados en la ruta, preferíamos que fuéramos solo nosotros y no con alguien más.

 

En Sucre tuvimos la oportunidad de conocer dos parejas viajeras; una de ellas lo hacía en una kombi igual a la nuestra y la otra en una camioneta bastante más moderna. Ninguna de las dos parejas eran expertas en mecánica, pero sí entendían un poco más, les comentamos de nuestros problemas mecánicos y nos dieron un par de consejos que podrían llegar a mejorar un poco el funcionamiento de la Mulita.

 

Como estuvimos en el Salar de Uyuni, le queda algo de sal pegada en el chasis, por lo que se acostumbra es llevarla a un lavadero, donde la limpian con agua caliente y le engrasan algunos sectores propensos a dañarse con la sal, así que lo hicimos.

Desde que salimos de Uruguay, pasando por Argentina y ahora en Bolivia, le habíamos puesto distintos tipos de nafta, por lo que los inyectores podrían estar un poco sucios.  Cambiar el filtro de nafta y ponerle un limpia inyectores al tanque de nafta, podrían ayudar a dejar un poco más limpio esos pasajes, así que hicimos ambas.

 

Los vehículos tienen un punto cero, que está marcado en el distribuidor, según nuestros amigos viajeros, estos se encuentran a nivel del mar, al estar en altura este debe ser movido para que el vehículo este acorde al nivel donde se está moviendo. Ese movimiento es muy delicado y milimétrico, por ende lo debe hacer un mecánico, ellos lo habían podido hacer por unos 30 bolivianos (150 pesos uruguayos), nosotros lo hicimos y dada la amabilidad del mecánico, sólo nos costó una Coca Cola.

 

 

 

La Mulita descanso dos días y tuvo esas atenciones, así que decidimos seguir haciendo ruta. Salimos rumbo a Cochabamba, eran unos 250 km. Hicimos ciento cincuenta, parando en Aiquile. Hasta ahí los ruidos persistían, pero el funcionamiento estaba bien, no excelente. Estábamos a sólo cien kilómetros de Cochabamba, así que seguimos por la ruta 27 por la que veníamos que estaba en perfecto estado y sin grandes pronunciaciones de altura y curvas. Transitados ya una hora, nos topamos con un piquete que no pudimos sortear, su postura era intransigente y no íbamos a poder pasar, lo que nos obligó a volver a Aiquile y tomar un camino alternativo: fueron setenta y cinco kilómetros a pura piedra, subida, curvas y remolinos de tierra que provocaban nubes de polvo en la cabina. Sufríamos cada kilómetro recorrido con la Mulita. Cuando finalmente volvimos a una ruta asfaltada, paramos.

 

El motor parecía haber sido sumergido en la tierra, casi no se veía. A todo esto, el trayecto lo habíamos realizado con un joven llamado Mons, que no hablaba español ni inglés, pero según entendimos venía de la zona norte de Alemania, contra Dinamarca. Cuando solo faltaban unos treinta kilómetros por llegar, La Mulita, por si fuera poco, además de sus ruidos y poca fuerza, comenzó a lagar humo por el tablero. Bajamos rápidamente con el extintor, pero felizmente no pasaba nada. Buscamos el motivo, pero no lo encontramos, eso sí, descubrimos que la maroma del acelerador se estaba deshilachando. Fue una tarde de sufrimiento con el vehículo, no estaba para nada bien.

 

Al fin llegamos a Cochabamba, que nos recibió con un caos, con su tránsito colapsado, con ferias que desbordaban las veredas y estaban sobre las calles, lo que hacía del lugar para pasar, un embudo. Los autos se trasladaban a paso de hombre y la Mulita no nos ayudaba, apagándose constantemente.

Pasamos una noche al costado de la plaza principal de la ciudad, sabíamos que había tenido una jornada más que ajetreada la Mulita, pero apostamos a que las pequeñas atenciones que habíamos tenido con ella y una limpieza de la tierra, la harían volver a un estado óptimo para poder continuar nuestro camino. Es así que ese día, le compramos aceite, la cargamos de nafta –o gasolina como le dicen acá- y salimos rumbo a Oruro a 200 km. Paramos para bañarnos, hacernos de almorzar y hacerle la limpieza pertinente al motor, procurando sacarle toda la tierra que podíamos, además de cambiar el cable del acelerador. Después de rearmarnos continuaríamos nuestro camino. Era el comienzo de la noche, e íbamos por una ruta muy empinada, muy transitada, subiendo ya a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, y nos habían dicho que la altura de la ruta alcanza hasta los cinco mil. Estábamos, otra vez con nuestras rudimentarias técnicas, ir en primera, ayudarla con empujones, y aerosoles con alcohol al filtro.

 

La Mulita Viajera nos dejó tirados a sesenta kilómetros de donde habíamos salido, por la ruta 4, en la entrada Tacopaya.

 

Nos quedamos ya entrados en la noche, en un pequeño descanso que tenía la ruta. A nuestro costado, sólo había una casa y un corral de burros, mientras que al otro lado se veía una hilera de tres casas que parecían abandonadas. Era una noche oscura, sin luna, apenas se podían divisar algunas estrellas. El contexto, junto a la falta de ideas para lo que quedaba de la jornada, hizo que enseguida nos decidiéramos a esperar el otro día. Solo una cosa teníamos clara antes de dormir, y era que intentaríamos nosotros mismos encontrar el problema, sabiendo que hasta el motor podríamos llegar a desarmar.

 

Nos levantamos con la idea fija de tirarnos debajo de La Mulita. Mate y herramientas en mano comenzamos a destornillar cada tuerca que veíamos, a desconectar mangueras,  limpiar carburadores, filtro de aire, regular válvulas, limpiar bujías; todo lo que sabíamos hacer lo hicimos. Re armamos todo, le dimos arranque y ésta ni siquiera prendía.

 

Estábamos iniciando la tarde, sucios de pies a cabeza y sin solución, así que optamos por salir en busca de un mecánico. Fernando se cambió y se fue a la ruta, con la intención de parar la primera locomoción que lo acercara a la ciudad. Diego quedaría cuidando la Kombi y nuestras pertenencias.

 

Ya en la minivan camino a Cochabamba, Fernando iba conversando con el conductor, cuando un pasajero escuchó y comentó que ahí en su pueblo había un mecánico, el lugar era Pongo. Encontramos entonces un mecánico que entendió nuestra situación y sin problema accedió a ir a verla. Aprontó la caja de herramientas y en media hora estaba metiendo mano. Nos dijo que el arranque estaba muerto y le faltaba una especie de carbón, según entendimos. Ese pequeño carbón lo podríamos conseguir en alguna pila doble A que no fuera alcalina. Cómo no teníamos esa pila, hicimos 30 kilómetros ida y vuelta para ir a comprarla. Encima, la solución que nos daba, no dio resultado. El propio mecánico, nos recomendó que viéramos a otro, a alguno que se especializara en Petas -así le llaman en Bolivia a los Fuscas-.

 

La segunda noche entonces, fue más frustrante que la anterior. Habíamos intentado nosotros y un mecánico, que aunque no fuese especialista, era un mecánico y no había podido con ella. Así que dedujimos que su problema sin lugar a dudas sería grave.

Desde lo económico estábamos más aun preocupados, ¿iría un mecánico hasta ahí? ¿Cuánto nos costaría una grúa? ¿Cuantos días nos llevaría esto? Muchas preguntas sin respuesta y más aún las especulaciones. Fue muy difícil conciliar el sueño.

 

A las 8, Fernando se largó nuevamente a la ruta, mientras Diego cuidaba de nuestra casa. Adrián hacía unos días se había adelantado hacia Perú, por lo que solamente éramos dos.

Teníamos que encontrar en Quillacollo, un mecánico de Petas. Sufrimos, cómo les cuesta a los bolivianos dar indicaciones de cómo llegar a un lugar. Después de caminar por dos horas en el pueblo, dimos con Willy. Un veterano que tenía al menos unas cinco kombis fuera de su casa – taller. Eso hacía que nos diera más confianza de que él podría solucionar nuestro inconveniente mecánico, sólo que debíamos de llevarle la kombi hasta ahí.

 

Fueron entonces más horas caminando de un lado a otro, unos quince kilómetros o tal vez más, encontrando precios exorbitantes de grúas que por ir sesenta kilómetros, sumado a que somos extranjeros, como se dice comúnmente, se querían hacer la patria con nosotros.

Finalmente en el estadio de la ciudad, dimos con el Sindicato Transportistas de Cochabamba. Unos quince camiones paran en ese lugar, esperando que salga algún flete. Que por 200 dólares voy, que tienes que conseguir una grúa, que no podemos hacerlo. Muchos eran los motivos, hasta que dimos con Ángel, un camionero que con su Mercedes de solo un eje, accedió a hacernos el flete por 600 bolivianos –unos 100 dólares-, un precio que nos parecía más razonable.

 

Con Ángel intercambiamos número de celulares y quedamos en a eso de las 7:30 am del siguiente día estaría ahí para cargar la Mulita hasta el taller. Le dejamos claro que el vehículo no prendía, no tenía fuerza y que nosotros no poseíamos ningún elemento como para subirla hasta la caja del camión, para que él tomara las precauciones del caso. OK fue su respuesta. Nos había solicitado una seña en dinero, para quedar concretado el flete, pero no accedimos; no teníamos garantía alguna que si le adelantábamos algo iría al otro día.

 

Fernando volvió entrada la tarde. Tercera noche en la entrada de Tacopaya, ya los pocos vecinos que habían nos saludaban y se preocupaban un poco de nuestra situación. Nos hablaban algo en castellano, un poco en Aimara, otros en quechua, con ademanes, etcétera. Nos pudimos hacer entender y les trasmitimos que al otro día ya nos vendrían a buscar. La última noche fue la más fresca de todas, hasta llovía. Nos encerramos temprano en la Kombi, para nuestra merienda cena. En ese momento, nos dimos cuenta que teníamos una llamada perdida del fletero, se la devolvimos pensando que tal vez nos cancelaria, que sería poco el dinero para él,  o cualquier otra excusa, pero simplemente fue para confirmar su asistencia y nuestra ubicación. Dormimos tranquilos.

 

 

Esa cuarta y tan ansiada mañana, nos despertamos antes de la alarma despertador, 7:26 am. Miramos por una de las ventanas de la kombi y vimos el camión a unos cincuenta metros. Ángel se acercó, para nuestro asombro había venido solo. Pensamos que tal vez tendría algún guinche manual, tablones o lo que sea para poder subirla a la caja, pero no había llevado consigo absolutamente nada. Comenzó él solo a buscar como subirla, hasta que vio del otro lado de la ruta una rampa natural de tierra, una rampa que solo él podía verla como rampa, pero que para nosotros, por más que hacíamos un esfuerzo para imaginarla como tal, no la veíamos como él. Fue así que comenzamos la odisea subir la Mulita a la caja del camión.

 

Empujamos rumbo a la rampa, pero con el peso que tiene la kombi, entre tres personas era imposible poder subirla. Salió un vecino que nunca habíamos visto y se reía de nuestros esfuerzos en vano. Ángel se comunicó con él en quechua y entonces se sumó a ayudarnos. Fueron decenas de maniobras con Fernando al volante y los otros tres empujando. Más de dos horas intentando. Con rabia y cansancio de tanto hacer fuerza los cuatro, sin poder subirla a la rampa. Ángel mostro resignación, intento al menos dos veces irse, se rendía, pero Diego, un tanto impulsivo y hasta con un tono casi prepotente hizo que éste se quedara y siguiera intentando. Ya las fuerzas no daban, hasta que decidimos empujar la Mulita con el camión, colocando una cubierta entre medio de los dos para que ésta no se aboyara. Fue así que con el impulso del camión pudimos ponerla en la rampa natural. Existía un espacio de poco más de un metro, entre el final de la rampa y donde comenzaba la caja del camión, por lo que lo cubrimos con piedras y trozos de madera. Con empujones y pequeños arranques que le dábamos a la Mulita pudimos finalmente subirla a la caja y lo festejamos como un gol. Ya eran las 11:30 de la mañana. Fueron cuatro horas de sufrimiento, físico y mental.

 

Ya amarrada a la caja del camión y asegurada La Mulita se trasladaría sobre otro vehículo. En el camino de vuelta, Ángel nos comenta que existía un paro nacional con cortes de ruta y que no íbamos a poder llegar a lo de Willy, sin embargo, tuvimos la suerte de ésta vez, no quedar trancados en el corte, lo que hubiese significado un problema adicional.

 

Llegamos a la hora de comer de Willy y nos indicó que no tenía tablones, ni rampas para bajarla, que buscáramos cerca del rio algún lugar para descenderla. Le hicimos caso pero se veían pocos lugares para nuestro objetivo, igualmente después de haber podido subirla, bajarla sería fácil. Finalmente fue contra unas vías, sobre unos escombros, donde luego de volver a  armar una rampa con piedras y palos, la bajamos, con la ayuda de los vecinos que comentaban la maniobra: “ojo ese costado, cuidado vas muy rápido, endereza la dirección, move la dirección, frena, dale, para”. Bajó.

Recorrimos unas diez cuadras, con una soga improvisada como guinche, hasta llegar al barrio Ceibo, donde está el taller de Willy. Para nuestra suerte, el taller queda en una especie de callejón, dónde no entraba el camión, por lo que tuvimos que hacer el final del recorrido empujándola. Eran las 4 de la tarde, de nuestro interminable día.

 

Como si todo esto fuera poco, no teníamos dinero en efectivo. La tarjeta para poder extraer plata de un cajero la tenía Adrián, que estaba regresando desde La Paz, para encontrarse con nosotros. Nos había hecho un giro para que podamos tener dinero, pero por cuestiones burocráticas que nunca pudimos entender, ese día no pudimos cobrarlo, por lo que nos quedaban en el bolsillo 360 pesos bolivianos. No nos alcanzaba para pagarle al fletero, así que le dimos 300 y tuvimos que dejar empeñada la bicicleta, que llevamos siempre en el techo. La recuperamos al otro día, cuando pagamos lo que restaba del flete. Con los 60 que nos quedaban, fuimos a almorzar –aún no habíamos comido nada en todo el día-, y con lo que sobró nos dimos una ducha en un baño público que nos prometía agua caliente, aunque no la tenía. Por la noche llegó Adrián.

 

Al día siguiente por la mañana, Willy y su hijo, que es su ayudante, sacaron el motor de la kombi, y se pusieron a desarmarlo. Nos pasó un presupuesto que volvió a empobrecer nuestra economía, pero que no teníamos otra que aceptar. Eran todas reparaciones impostergables que debíamos hacer, si queríamos seguir, a dónde fuera.

 

Willy cumplió. Era jueves y nos dijo que para martes o miércoles iba a estar pronta y así fue. El martes por la tarde comenzó a armarla y la dejó en funcionamiento.

Nos pasó de todo, a nosotros y a La Mulita viajera, pero afortunadamente volvemos a estar en camino. Ya estamos prontos, esperando tener más tormentas para poder cruzar.

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