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Che bó, cosas de Montañita

24 Aug 2016

Era domingo al mediodía cuando nos fuimos de Máncora. Ese balneario al Norte de Perú al que llegamos pensando pasar cuatro o cinco días, y en el que finalmente nos quedamos diecinueve. Dejamos el camping Dónde Raúl, que tan bien nos trató y nos fuimos a seguir conociendo los rincones de América. Era el momento para adentrarnos al quinto país de nuestro viaje, Ecuador.

 

Luego de dos horas de trámites migratorios que nos permitieron el ingreso, seguimos camino rumbo a Montañita. Esa noche paramos en una estación de servicio que quedaba pasando el pueblo Naranjal, unos cien kilómetros antes de llegar a Guayaquil. Al otro día, arrancaríamos temprano para llegar sobre las 4 de la tarde a nuestro destino.


Montañita es un balneario del centro de Ecuador que tiene costas sobre el Océano Pacífico.  Fue en este lugar dónde a principios de este año asesinaron a dos viajeras argentinas, en un hecho que aún no ha sido esclarecido por la Policía. El crimen ha golpeado la actividad turística del pueblo, pero al que continúan llegando muchos turistas y viajeros europeos y norteamericanos que vienen a vivir noches de excesos y descontrol. Otra de las particularidades del pueblo, es que es un rincón elegido por muchos argentinos, que vinieron a trabajar en el lugar y se quedaron.

 

Luego de ubicar dónde hospedarnos, salimos a caminar buscando encontrarnos con viajeros que habíamos conocido en Máncora, que sabíamos habían agarrado camino hacia estos lados.
Al primero que nos cruzamos fue al Vasco. Estaba trabajando en un local que vendía hamburguesas y wraps. Nos contó que esa era la última noche que trabajaba porque el local cerraba al otro día. A la dueña no le estaban dando los ingresos. Le comentamos que nos interesaba alquilarlo, que pasábamos en la noche a cenar y a hablar con la dueña.

 

Acordamos que nos lo alquilara un mes, incluyendo el mobiliario. Fue así que a pocas horas de haber llegado a Montañita, el destino nos sorprendía con un bar en Ecuador. En el proyecto, incluimos a Ismael y Gustavo, dos argentinos que habíamos conocido en Perú días atrás, por lo que la sociedad se conformó por los cinco. Lo nombramos Che bó.

Dimos vuelta el local para limpiarlo, hicimos algunos cambios re acomodando los muebles y colgamos la bandera de Uruguay al costado de la puerta de entrada. Empezaron a sonar por los parlantes del bar, La Vela Puerca, Drexler, 4 pesos de propina y otras bandas argentinas, poniéndole nuestro sello al lugar.

 


Los cuatro días que estuvimos abiertos, el local se llenó, si bien se llena con poco (apenas teníamos dos mesas en la vereda y dos más puestas sobre la calle). Al atardecer, llegaban artistas callejeros que con un cajón peruano o una guitarra subían la temperatura en el ambiente, mientras pasaban la gorra y seguían a otro bar, en el que volvían a hacer lo mismo.


Elegimos poner precios accesibles para que la gente se arrimara y funcionó. Pasábamos el día en el local. Llegábamos sobre las 9 de la mañana y estábamos todos, todo el día en la vuelta hasta que cerrábamos, sobre las 2 am. Hablo en pasado porque el sábado fuimos clausurados por lo que no podemos abrir el local hasta no sabemos cuando.
 
La Policía y su intransigencia, entendieron que veinte jóvenes disfrutando de su propia música en la calle, eran una amenaza. A pesar de que los fines de semana la cuadra funciona como peatonal, los señores del orden argumentaron su actitud diciéndonos que cortábamos la circulación y no cedieron hasta poner el cartel de clausura en el local, sin disimular su abuso de poder y falta de diálogo, ante una decisión que era incambiable, por intereses económicos que estábamos afectando. De otra manera, no se entiende que nos clausuren de esa forma, sin una previa notificación.

El camino volvió a cambiarnos los planes. Ahora pasamos los días en el hostel camping, junto a un grupo de viajeros argentinos que conocimos en Máncora. Con ellos disfrutamos las mañanas, entre mates que se comparten, puchos que se prenden y consumen y risas espontáneas que surgen constantemente. El lugar tiene una decena de hamacas paraguayas, dónde uno se sumerge y no existe tiempo ni lugar. Por la mañana, varias iguanas se pasean por el patio, dejándose alimentar y fotografiar. El hostel da hacia un río de color verde, rodeado por una intensa vegetación y cuenta con un par de bananeros llenos de frutos, que le recuerdan a uno que está en Ecuador.

 

 


El miércoles tenemos la audiencia y veremos como sigue la historia del bar. Si logramos solucionar el inconveniente, volveremos a trabajarlo para explotar este mes que tenemos para estar en él. Sabemos que por más que nos vaya bien, no podremos extender nuestra estadía en el lugar porque comienza la temporada de lluvias, por lo que los turistas dejan de visitar el balneario.

En caso de que no logremos la re apertura, habrá primado como tantas veces el poder económico. A su vez, habremos perdido la inversión que hicimos para la compra de la mercadería y el alquiler del local. Nada más.

Nuestro presupuesto como viajeros no es muy holgado, por supuesto que nos afecta perder el monto invertido, por mínimo que sea, pero el dinero no puede ser una prioridad. Nos alcanza con tener para pagar el hospedaje, comer y tener para tomarnos una cerveza, si es que hay para eso. En caso de que no podamos trabajar en Montañita, saldremos hacia Baños o Manta y trataremos de encontrar en ese lugar la forma de sustentarnos para mantenernos en el camino.

En el bar disfrutamos de lo que hacemos. Trabajamos para nosotros, en una suerte de cooperativa en la que los cinco tiramos para el mismo lado, sin escalas jerárquicas, ni distinciones de ganancias.

Por suerte, al menos por estos días, estamos lejos de aquella sociedad que describía Mujica en la Cumbre de Río de Janeiro: Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las ocho horas de trabajo y ahora están consiguiendo seis horas. Pero el que consigue seis horas se consigue otro trabajo, por tanto trabaja más que antes. ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la motito que compró, el autito que compró. Y pague cuotas y pague cuotas. Y cuando quiere acordar es un viejo reumático como yo y se le fue la vida. Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana?

La pregunta nos lleva nuevamente al motivo que nos empujó a salir de viaje. Cuestionarnos si estamos llevando la vida que queremos, y si el desarrollo de nuestra sociedad apunta a donde tiene que apuntar realmente o se ha perdido y desviado en el camino.

Si bien podemos cuestionar -duramente- al Mujica político y gobernante, su filosofía nos influye.
El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la felicidad humana, del amor arriba de la tierra, de las relaciones humanas, de cuidar a los hijos, de tener amigos, de tener lo elemental.

 
El mensaje debería repetirse a menudo para que no se nos olvide.

 

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