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Saboreando América

20 Sep 2016

Casi son las 10 de la mañana. Somos cinco que desde hace rato, tomamos unos mates sentados al rededor de la mesa ratona, debajo del quincho, pegado a la entrada a la cocina del hostel. Sabemos que en cualquier momento aparecerá Flavio.

 

Flavio, es quién nos trae nuestra dosis de avena polaca diaria.

En cuanto llegamos a Montañita nos advirtieron sobre la adicción que genera ese postre dulce que según nos decían: después que lo probás, no parás más. Y así fue.
Caímos en la tentación obvia que generaba conocer su sabor, además de probarlo por desafiar la advertencia sin más.
El gusto es muy similar al de la maisena con leche. Viene en un vaso de medio litro, y cuesta un dolar. Sublime.

 

Las regiones nos van ofreciendo productos que no son comunes en nuestro país, lo que nos genera la tentación de querer probarlos para conocerlos. En Perú, es común ver a la par de la multinacional Coca Cola, a la marca peruana Inca Cola. Un refresco de color amarillo, muy dulce, con un gusto similar a chicle de frutilla. Nos pareció espantosa, aunque tiene gran aceptación en el público local. Tanto, que Coca Cola compró la marca y ya no tiene competencia. ¿Qué raro no? 
La chica morada, es otro de los refrescos típicos de aquel país. Una bebida a base de maíz morado hervido con cascaras de piña y algunos saborizantes. No está mal.


Seguimos acá. Ahora somos un par más, que se han ido levantando y se suman a la charla mañanera. Son las 10.40. Flavio todavía no aparece.

 

En Máncora, Perú, dónde paramos varios días, nos habíamos acostumbrado a ir por las noches a la plaza, en busca del puesto del señor que vendía papas rellenas. Una comida que comenzamos a ver habitualmente en las calles desde que ingresamos a Bolivia y a lo largo de Perú. En ese lugar salían 2 soles, unos 20 pesos cada una.

 

James Michener fue un novelista norteamericano de principios del siglo veinte que sostenía Si rechazas la comida, ignoras las costumbres, temes la religión y evitas a la gente, mejor quédate en casa. 
Viajar es ver más allá de los paisajes que nos regalan los caminos de América. Se dice habitualmente que Todo viaje es una búsqueda y una fascinación para el universo de los sentidos. Es por tanto,  adentrarnos en la cultura de cada uno y saborear la comida de las distintas regiones.

 

En Cafayate, Salta, fue la primera vez que probamos locro. En Argentina, los almuerzos del 25 de mayo, día de la revolución, acostumbran a ser con ese plato lleno de calorías, típico del Norte de ese país y muy común lo largo de varios pueblos de la cultura andina. Es una especie de guiso, que suele incluir mondongo, granos de maíz blanco, porotos y chorizos, entre otras cosas.
Por todo esto, según la zona dónde vamos viajando, vamos modificando nuestra forma de comer. En la región de Cuyo en Argentina, el pollo y la papa estaban muy baratos, por lo que eran parte diaria de nuestra dieta. En Perú, se consigue un alimento tan nutritivo como la quinua, prácticamente al mismo precio que el arroz, cuando en Uruguay sale varias veces más.

Desde Bolivia, comenzamos a consumir papaya, una fruta tropical dulce, de pulpa de color anaranjado, similar al melón. En Ecuador mientras tanto, aprovechamos el precio de las frutas que ocupan plantaciones de miles de hectáreas. Bananeros, plantas de ananás -o piñas como le llaman acá- y palmeras con cocos, visten las tierras del país que se jacta de ser el centro del mundo. En las provincias de Salta y Jujuy, las tortillas -comunes y rellenas de queso-, ocupan el lugar que tienen las tortas fritas en Montevideo. Las ofrecen en puestos callejeros, hechas en el momento. 

Bolivia nos sorprendió con las mandarinas más ricas que probamos en el viaje. Bolivia, por su parte, tiene cientos de puestos de comida callejeros en cada ciudad. Lo oferta es interminable, dominado por las frituras. Hasta venden una pasta de banana frita con carne, que simula una empanada. La gente también acostumbra a tomar sopa en la calle, en cualquier momento del día.
Tan distintas son algunas costumbres, que nos llama la atención que en Ecuador desayunen ceviche. El más común es el de camarón. También es corriente que sirvan platos con bananas o plátanos fritos.
Perú mientras tanto, ofrece en sus vidrieras, cuises. El cui -ese roedor que suele ser tenido como mascota en Uruguay-, se hace al horno y es una comida tradicional del país incaico.

 

Así como algunos lugares nos ofrecen, también nos privan. En Perú y Ecuador, no es común el consumo de vino por lo que para conseguir un tinto, hay que pagar por lo menos seis dólares, y con eso apenas alcanza para el más barato, en caja. No estaría siendo una buena inversión. En Cafayate mientras tanto, un pueblo del Norte argentino rodeado de viñedos, comprábamos la damajuana de cinco litros, por los mismos seis dólares.
En Bolivia y el Sur de Perú, nos sorprendió que la cerveza no se vende fría, algo totalmente normal en nuestro país, sino que la consumen natural y algunas veces, cobran extra si uno pretende que sea fría.

 

 

 

Pasan pocos minutos de las 11 de la mañana cuando a lo lejos se escucha el grito que hace rato esperábamos sentir. 

Dos palabras: Avena Polaca. Ya somos diez los reunidos bajo el quincho, de los cuales cinco se levantan cual zombies a dirigirse a la puerta, dónde Flavio los espera con su bicicleta adaptada para llevar unos cuántos bidones del producto, revendido en este balneario, pero producido en Santo Domingo, un pueblo a unos 200 kilómetros de Montañita.
El es el único que la distribuye en el pueblo, pero no tiene un lugar físico dónde venderla, por lo que recorre las calles en la bicicleta por las mañanas.
Por supuesto que somos sus fieles compradores, victimas de la adicción que nos habían advertido, nos iba a provocar.

 

El reconocido chef catalán, Ferrán Adriá decía Lo bonito de viajar y comer en culturas distintas está en buscar lo bueno de cada sitio, lo nuevo, y disfrutar del momento.
Así que a disfrutar de lo que nos ofrece Ecuador.

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