Colombia en paz

22 Oct 2016

Después de seis meses de viaje, el domingo 2 de octubre entramos a Colombia, quinto país que recorremos.
Sin haberlo programado, llegamos a la frontera que nos llevaba de Ecuador al país cafetero justo el día en que se desarrollaba el plebiscito por la paz entre el gobierno y la guerrilla. Lo que no sabíamos era que el cruce iba a estar cerrado, por lo que tuvimos seis horas de espera -más otras cuatro de trámites migratorios- junto a otros centenares que también se disponían a cruzar. 

 

Sobre las 23 horas, nos enterábamos de que había ganado el NO, lo que significaba que quedaba sin efecto, por lo menos por ahora, el acuerdo de paz que supondría un cambio histórico en el país.
Así entramos, con la incertidumbre de cuál sería la situación a partir de los resultados. A las horas, la información que circulaba era que las FARC aceptaban continuar con las negociaciones por lo que no se regresaba al estado de guerra interna mientras tanto. 


A pesar de estar en un momento de tregua, las rutas colombianas tienen cada pocos kilómetros la presencia de militares fuertemente armados, atentos ante cualquier situación. Uno de ellos, nos contó que en la actualidad la tregua les permite estar tranquilos, contrastando con los ataques con granadas o coches bomba, que solían ser moneda corriente tiempo atrás.

 

Cuando ingresamos al país, no podíamos creer que en el plebiscito por la Paz, hubiese ganado el NO. Incrédulos ante tal situación, nos dedicamos a preguntarle a cada colombiano con el que hablamos, respecto a su posición. Habíamos caído en la estupidez de opinar sin tener todos los elementos sobre la mesa. Sin conocer realmente la situación. Estando acá -y solamente estando acá- entendimos que en Colombia no ganó el NO, sino el rechazo a unas cláusulas que le daban a la guerrilla privilegios que mucha gente no estaba dispuesta a ceder.

 

En Colombia no ganó el NO, porque desde que se conoció esa decisión soberana, desde todas las partes han estado trabajando para que en Colombia se firme la paz.

Así, pasamos de nuestra tristeza por los resultados a tener nuevamente la esperanza de que este país que nos recibió con tanta amabilidad, firme de una vez por todas, la paz que se merece.

 

 

 

A lo largo del viaje, todos quienes ya habían estado en Colombia nos hablaban de lo encantador de este país y a las pocas horas de haber ingresado, lo pudimos confirmar. Ese fue uno de los objetivos con el que salimos a recorrer el continente. Poder estar, ver y sentir con nuestra propia percepción, sin la contaminación con la que suele llegar la información, cuando es vista a través de los medios. 

 

Colombia tiene paisajes increíbles, pero sin dudas, la característica principal es la simpatía de su gente. 
El colombiano derrocha alegría y generosidad.
Andando por la ruta, paramos porque una señora nos tocaba bocina. Era para alcanzarnos 10 mil pesos colombianos (unos 100 uruguayos), simplemente porque le gustó la idea de nuestro sueño. Un par de horas antes, un señor en una camioneta había hecho lo mismo. A cambio, les regalamos una postal de la kombi con alguna leyenda que le escribimos atrás y el nombre de la página para que nos puedan seguir y estar en contacto. En el vidrio de atrás de La Mulita, pusimos un cartel que reza que vamos de Uruguay a Alaska y si nos ayudan a llegar. 

 

Para nuestra sorpresa, cuando fuimos a pagar uno de los tantos peajes que tiene Colombia (cada unos cien kilómetros tiene uno), nos enteramos de que no debíamos abonar porque la señora que iba en el auto de adelante, ya lo había hecho por nosotros.

 

La alegría que nos genera cada uno de estos actos, que se transforman en encuentros efímeros, tiene importancia en el hecho del interés que tiene ésta gente en que el objetivo se cumpla. Transitamos las calles entre sonrisas y saludos de la gente que se asombra por ver una kombi de colores. El asombro es recíproco. Nos cuesta creer la calidez que tiene la gente, sin importar la zona de Colombia en la que estemos.

 

A diferencia de lo que eran los efectivos policiales y de tránsito en Bolivia y Perú, -en su mayoría corruptos y buscando el mínimo detalle para pedir una coima y hacerse algún peso-, tanto los militares que cuidan las rutas como los efectivos de tránsito, no hacen más que regalar una sonrisa y hasta ponerse a conversar un rato respecto de por qué estamos acá. Al colombiano le encanta que visiten su país, y lo hace saber. 

 

De los países que hemos visitado es el más avanzado, y con esto no me refiero a índices PBI ni desarrollo de su economía. Los colombianos entendieron que vivir con una sonrisa dibujada es más importante que el resto de las cosas.

 

Chimba parce! Qué bueno haber venido hasta acá.

 

 

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