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Conociendo las FARC

3 Nov 2016

El domingo a las 7 de la mañana teníamos que estar en la vereda Las Morras para que los guerrilleros pasen a buscarnos junto al resto de los asistentes, y así llevarnos hacia el lugar donde se realizaría el campamento de la Vigilia por la Paz y reconciliación, organizado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

La idea de abrir las puertas a la gente en un campamento, había surgido como respuesta a que el Presidente Santos había dispuesto el 31 de octubre como fecha final de las negociaciones y el pacto de cese al fuego. Finalmente se extendió al 31 de diciembre pero la buena idea de una vigilia junto al pueblo, se mantuvo.

 

Eso, era todo lo que sabíamos. Curiosos ante la posibilidad de conocer por dentro el movimiento insurgente más antiguo del mundo, salimos hacia allá, dejando que el destino se encargue de nuestra suerte.

 

El ómnibus  dejó la terminal de Bogotá a las 6.30 del sábado, con destino a Neiva, una ciudad 6 horas al Sur. Íbamos Yuca y yo -Adrián-.  
Yuca es un alemán que hace 3 meses vive en Bogotá y aunque no nos conocíamos, enterado de que iba a concurrir al campamento, no dudó en sumarse a la experiencia.


Mi intención no era transmitirle inseguridad, así que no le comenté nada de que no tenía idea de cómo hacer para llegar a Las Morras una vez que estuviésemos en Neiva.
Llegamos a Neiva al mediodía. El frío de Bogotá había quedado atrás y nos recibió un calor bochornoso, característico de la zona. Empezamos a preguntar en la terminal, y para nuestro asombro, los ómnibus que iban hacia San Vicente del Caguán -hacia donde nos dirigíamos-, ya habían salido todos.
Dimos por fin con una de las empresas de transporte, dónde se apiadaron de nuestro andar a la deriva y decidieron llamar al conductor para que nos esperara. Fue así, que tomamos un taxi y nos dirigimos a lo que pensábamos iba a ser un ómnibus de pasajeros.

 

En las afueras de Neiva, una camioneta Toyota Hilux acondicionada con un toldo y unos bancos para llevar pasajeros en la parte de atrás, nos esperaba al costado del camino.
Iba completa, así que nos apretamos un poco con los otros cuatro pasajeros que iban en la caja y unos cuántos bultos, muy comunes en los transportes que suelen ir a zonas campesinas.
No sabíamos dónde bajarnos, así que le pedimos al conductor que nos avisara en Las Morras. Nos dijo que teníamos un trayecto de unas cuatro horas. El tiempo estimado no tenía en cuenta que a los veinte minutos, estaríamos todos abajo esperando que solucionara un problema en el freno de una de las ruedas traseras.

 


El camino de tierra estaba en muy malas condiciones. Íbamos entre montañas, con paisajes increíbles, pero sacudiéndonos de un lado para el otro por las constantes piedras. En varias ocasiones los cruces eran peligrosos por deslaves ocurridos anteriormente, o simplemente por ir en un camino en el que la mayoría del trayecto era con un precipicio al costado.
Aunque pareciera que no había más espacio, no era del todo así. En un par de ocasiones la camioneta volvió a detenerse para llevar a gente de la zona, que iba parada en la puerta de atrás, agarrados del toldo de la caja.


Llegamos por fin a la vereda Las Morras ya entrada la noche. Eran un par de casas, con un algunos restaurantes, muy comunes de ver al lado del camino.
Cuando nos disponíamos a bajar para buscar dónde pasar la noche, esperando que ese fuera el lugar indicado en el que teníamos que estar, uno de los campesinos debió ver nuestra cara de desconcierto. Se nos arrimó y nos preguntó para dónde íbamos. Le contamos que estábamos ahí por la vigilia por la paz y nos invitó a que vayamos hacia su casa, que ahí podíamos quedarnos.


Caminamos junto a él un kilómetro a los tumbos en la oscuridad, por un camino de tierra que nos llevó a su humilde rancho. Ahí estaban su esposa y sus tres hijos, todos ellos alrededor de los 20 años. Apenas llegamos la doña nos ofreció un tinto (café endulzado con agua de panela), mientras nos calentaba la cena. Eran las 7 de la tarde, ellos habían cenado a las 5.


La charla era de un descubrimiento constate. Ellos, sorprendidos por tener a un alemán y un uruguayo sentados en la mesa de su casa, y nosotros por entender la vida de quienes viven día a día en el territorio de la guerrilla, desde hace más de 50 años.

Uno de sus hijos fue a avisarle a los guerrilleros que estábamos ahí, así que esperábamos que de un momento a otro aparecieran. Mientras, nos contaban de su excelente relación con el movimiento, agradecidos de su presencia en un territorio abandonado por el Estado desde hace décadas, mostrando también su descontento con el accionar del ejército.


Llegó, saludó a la familia y se nos presentó como Rodolfo, aunque no nos dijo el cargo. Medía 1.70, o tal vez algo menos, era morocho, un poco gordo, tenía el pelo rapado y una barba candado.  Vestía una remera de manga cortas azul con la bandera de Alemania en su costado, pantalones verdes y botas largas, además de una gorra también verde.

Nos realizó un interrogatorio en el que hasta escribió nuestros datos en una hoja para -según nos dijo- llevarle a su superior y así al otro día en la mañana confirmarnos si podíamos asistir. Un mentira innecesaria. No existía alguien superior a él en ese campamento. Era el comandante.


Después de que nos contara un poco la historia desde su lado de los hechos, un lado que hasta ahora Yuca y yo desconocíamos, pero que justamente habíamos ido a buscar, se despidió diciéndonos que si todo estaba en orden, a la mañana vendrían a buscarnos para llevarnos al campamento.

 

Cenamos un sancocho espectacular y armamos la carpa debajo del alero. El ruido de agua constante daba la sensación de que estuviera lloviendo, pero el cielo estaba estrellado. El sol nos hizo levantar temprano, 7.30, aunque tarde comparado con los tres gurises de la casa que desde dos horas antes, estaban ordeñando las vacas del establecimiento.

 

 


Al haber llegado en la noche no habíamos visto el paisaje en el que estábamos. Cerros verdes impresionantes, cargados de todo tipo de vegetación, además de un río y una quebrada de agua, rodean el lugar. La pequeña estancia tiene también unos cuantos chanchos sueltos, gallinas y pavos.
La doña nos hizo un desayuno como para no almorzar. Comenzamos a juntar las cosas cuando llegó Karina, a quién saludamos, sin darnos cuenta que era una guerrillera. Nos venía a buscar para ir al campamento. La noche anterior el comandante nos había preguntado si estábamos prontos para caminar varias horas, sin embargo sólo se había estado divirtiendo de nuestra ignorancia, porque habremos caminado unos 700 metros y ya estábamos en el sitio.


Unas inmensas carpas con vigas de caña y techo de lona negra, habían sido dispuestas esperando la asistencia de unas 800 personas a la vigilia que se realizaría al otro día en ese lugar. El campamento a su vez, estaba al pie de un cerro con presencia militar, algo que en épocas de guerra hubiese sido imposible. Hasta hace no mucho tiempo, eran nómadas, armando y desarmando campamentos constantemente, mientras se movían escapando del acecho militar.

 

 
Un cartel daba la bienvenida, rezando #FeEnLaPaz, con hashtag incluido. Karina nos llevó hasta Diana. En el camino nos contó que tiene 26 años, y que ingresó a las FARC a los 14, por voluntad propia. 
Diana se presentó como la educadora de una columna del Bloque Sur, realizando también la comunicación del comando, además de las tareas diarias de la guerrilla. Estudió en la Universidad Nacional en Bogotá, entendió que era una causa justa lo que motivaba al movimiento revolucionario y quiso aportar lo que fuera necesario, por lo que se alistó. De eso hace ya más de diez años.
Nos hizo un pequeño recorrido por el campamento, en el que nos mostró los distintos sectores que se preparaban para el evento. Un salón inmenso con una tarima, un comedor también grande y dos cocinas espaciosas, además de dos carpas con suficientes dimensiones para que los visitantes armen su carpa bajo techo. Mientras recorríamos, nos iba presentando a los colegas que estaban en la vuelta.


Concluida la presentación nos dejó para que nos instalemos donde quisiéramos, así que nos sacamos las mochilas y comenzamos a armar la carpa.


Estábamos en un campamento de la guerrilla de las Farc en Colombia, en un momento histórico en que luchan por la PAZ mediante el diálogo, y éramos los primeros en llegar.
 

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