Unos días con las FARC

11 Nov 2016

Desde antes de llegar a Colombia me intrigaba conocer cómo vivía el país el momento histórico, en el que las negociaciones por las paz dieron lugar a una tregua de cese al fuego. Lo que nunca imaginé, es que iba a tener la posibilidad de pasar un fin se semana en un campamento organizado por el movimiento guerrillero. 


Estando en Bogotá, me entero de que las FARC organizaban una Vigilia por la paz y la reconciliación, con el objetivo de que se implemente por fin la Paz definitiva, tras las negociaciones que se están llevando a cabo en La Habana. La guerrilla más antigua del mundo, quería demostrar que es la principal interesada en terminar con la lucha armada, por encima de lo que comunmente se puede escuchar sobre ellos.
Hacia allá salí, acompañado por Yuca, un alemán que si bien nos conocíamos hacía unas horas, enterado de la propuesta no dudó en sumarse.

 

Llegamos a la zona de la guerrilla, en el departamento de Caquetá al Sur de Colombia, después de 12 horas de viaje. Un campesino nos recibió en su casa y desde ese momento, empezaríamos a ver otra cara de la guerrilla que desconocíamos hasta el momento, sea por ignorancia o desinformación.
Para comenzar a entender el contexto, el campesino y su familia nos explicaron por qué estaban a favor de la guerrilla. Las FARC comenzaron con su lucha por los derechos de los campesinos y hoy con el acuerdo de paz, alcanzarán realmente una profunda reforma agraria, histórica para Colombia. Es la guerrilla -y no el Estado-, quién mantiene los caminos de una zona abandonada por el gobierno, además de mantener el orden en la región.  

 

 

Desde el primer momento que tuvimos contacto con los guerrilleros, nos recibieron con una sonrisa en su rostro. Al transcurrir las horas, nos dimos cuenta de que no era forzada, que realmente se alegraban de tener nuestra presencia visitando su campamento.
Llegamos el domingo, un día antes de cuando se haría la Vigilia, por lo que tuvimos ese día la posibilidad de compartir con los guerrilleros mano a mano, sin tantos visitantes en la vuelta.


Luego que Diana nos diera la recorrida por las instalaciones presentándonos ante los demás guerrilleros, nos dispusimos con Yuka a armar la carpa. Teníamos lugar de sobra para elegir porque habíamos sido los primeros en llegar. 
Estábamos llenos de preguntas que iban a empezar a contestarse. Agarré el termo y el mate y arranqué para la cocina donde estaba Karina, la guerrillera que nos había ido a buscar a la casa de los campesinos, donde habíamos pasado la noche. Al igual que todos, no tenía problema en contestar las preguntas que dentro de la charla que se había formado, le íbamos haciendo. Ella también, al igual que el resto de sus compañeros, tenía la curiosidad de saber que hacían un uruguayo y un alemán ahí, en ese momento y tomando esa agua caliente con sabor amargo todo el tiempo.

Conversando con ellos, nos enteramos de muchas cosas que o bien no llegan a nuestros países o directamente estábamos desinformados. Entender un conflicto de un país ajeno, que además se ha prolongado por más de 50 años, es bastante complejo. Es por esto que lo que cuento en esta columna, es la versión de los hechos desde otra perspectiva, más allá de lo que estamos acostumbrados a escuchar sobre ellos. Es mi versión después de compartir unos días en su territorio, considerando el resto de los elementos conocidos y siempre teniendo en cuenta el momento actual, de tregua de paz.


Así entonces, les cuento que no encontré a los terroristas, secuestradores y asesinos que me habían contado. Encontré sí, gente de distintas edades, que han dedicado su vida a luchar por ideas revolucionarias que consideran justas -y que también lo entiendo así-.

 

 

Los motivos por los cuales se habían unido a la guerrilla, eran diversos.
Uno de ellos me contó que se unió al movimiento a los 14 años, luego de que grupos paramilitares destrozaran su casa y mataran a su familia, una practica constante que ha llevado adelante el Estado y del que seguro no tenemos tantas noticias.
El movimiento subversivo surge 50 años atrás como respuesta a los abusos de las fuerzas del Estado, como una lucha que tenía tres pilares: político, económico y social.


Al más joven del grupo le apodan Cachorro. Dice que tiene 18, pero aparenta bastante menos. Me cuenta que se unió al movimiento por ser la única esperanza de salir de la pobreza, en una zona cedida por el Estado a la presencia de paramilitares.


Diana mientras tanto, tiene 30 y es la encargada de Comunicación del Bloque Sur, además de dar clases a la unidad. Se graduó en la Universidad de Bogotá, estudiando el conflicto entendió que era una causa justa con la que sentía que debía colaborar y abandonó la ciudad para unirse a la guerrilla. Hoy luce varias cicatrices en su cuerpo, marcas de una tarde en la que sobrevivió a un bombardeo. Su hermana falleció hace 4 años, en los campos de batalla.


Paseando por el campamento nos cruzamos varias veces con una familia que al menos ese día, eran la familia más felíz del mundo. El padre estuvo preso por sedición desde hace nueve años, y había salido hacía unos días beneficiado por los acuerdo de paz. El hijo hace ocho años que está en la guerrilla y desde hace cuatro no veía a su madre. Ponerse en contacto con familiares en época de guerra, era peligroso para ambos. Así que ahí estaban, contagiando energía en ese reencuentro que estaban teniendo, que solamente se podía dar en este contexto de paz.

 

 

De la guerrilla hay tres formas de salir, nos explicaba el comandante.
Por una herida de guerra que no le permita continuar militando, por la muerte, o cuando se terminara la guerra. Por primera vez en la historia, han dejado las hostilidades de lado y la posibilidad de que se concreten los acuerdos permite convivir, por lo menos por ahora, en paz.


Después de comer un sancocho exquisito pasamos la tarde sacando las escamas y destripando pescados, preparando la llegada de los vecinos a la Vigilia, que sería al otro día. Cuando cayó el sol nos bañamos en el río, al igual que lo hacen ellos día a día, algo que para nosotros es poco común. Ayudamos a acomodar unas 800 sillas que diferentes organizaciones de la zona prestaban, para que la gente asistente esté cómoda cuando se realizaran las actividades por la vigilia.


Por la mañana del 31 de octubre, comenzaron a llegar vecinos de todas partes. La guerrilla había matado tres vacas para agasajar a sus invitados, que alcanzaba a más de mil asistentes.
Los actos por la Vigilia comenzaron pasadas las dos de la tarde. Actividades en las que participaban los propios guerrilleros, cantando algunas canciones o realizando bailes y representaciones en obras de teatro. También animaban el evento dos pastores evangélicos con intervenciones a su manera, con muchos adeptos en el público, que en su mayoría peinaba canas.


La noche anterior nos habían invitado -a Yuka y a mi- a participar contando nuestra experiencia. Era entrada la noche de la Vigilia cuando subimos al escenario a dar nuestra impresión de todo lo que estábamos viviendo. Agradecimos por recibirnos tan cálidamente, y los felicitamos por el momento que les toca vivir, en el que dejan de lado las armas para pasar a integrarse a la sociedad, llevando como bandera las mismas ideas que los han motivado estos años, pero por la vía de la razón. Les conté que en Uruguay tuvimos un Presidente que también fue guerrillero, pero que ganó en las urnas, algo que los guerrilleros tienen muy presente, pero los campesinos no.

 

 

Las actividades se fueron prolongando a lo largo de la madrugada, mientras las sillas fueron quedando de a poco vacías.
A las 5.20 comenzó a salir el sol. El cielo cambió de color completamente y de esa forma, terminaba la Vigilia por la Paz convocada por el movimiento armado.
Desarmamos la carpa, juntamos las pocas cosas que habíamos llevado al campamento y nos dispusimos a irnos, no sin antes saludar uno por uno a cada uno de los guerrilleros que estaban presentes, -alrededor de unos 50-. Fueron un par de días de convivencia en las que por mínimo que fuera, pudimos conocer por dentro algo de un movimiento revolucionario con medio siglo de actividad. 

 
Sabemos que a lo largo de la historia han cometido secuestros y ataques en los que hubo víctimas, no solamente militares sino también civiles. Sabemos también, que las mismas practicas fueron llevadas adelante por paramilitares, peores incluso, con torturas incluidas. Fueron parte de una guerra que está por quedar en el pasado, si es que se concreta el acuerdo de paz por el que dialogan junto al Estado.

La revolución que por más de medio siglo fue por medio de las armas, espera que el Estado le de garantías para que a partir de ahora, comiencen otra revolución, sin armas pero con palabras.

 

Nos fuimos y allá -como siempre-, quedaron ellos. Ellos, quienes fueron detrás de los pasos de Manuel Marulanda y del Ché. Como predicaba el revolucionario argentino, estaban dispuestos a entregar su vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, en este caso el suyo propio. La famosa cara que está en todas las remeras también está presente constantemente en los guerrilleros, y quién mejor que ellos para lucirla. Prefirieron morir de pie a vivir de rodillas, aunque por suerte, esa época se terminó, o al menos todo apunta a eso.

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