Bogotá cosmopolita

1 Dec 2016

Es jueves al mediodía en Bogotá. Estamos en el barrio La Candelaria, parte del casco histórico de la capital colombiana.
Leticia, una francesa que el Vasco había conocido en Montevideo, nos recibió en su casa, y desde hace más de un mes paramos acá.

La pintoresca casa antigua de maderas rústicas se llama El Sauco, en ella vive con otras dos francesas y sus respectivos novios, un colombiano y un brasileño, además de una chica estadounidense.

Cada lugar en el que estamos, deja en nosotros un recuerdo que es subjetivo, dependiendo de cómo pasamos en ese lugar o con quiénes. Así, la inmensa Bogotá con 10 millones de habitantes, escapó a la lógica que veníamos aplicando en el camino de evitar las ciudades grandes, por la inseguridad e incomodidad que suelen generarnos, para detenernos en ella y hacer una excepción. Por suerte.

 

 En este mes y medio en Bogotá hemos conocido jóvenes de todas partes. El barrio La Candelaria, está rodeado de universidades y ello con lleva la presencia de cafés, bares, y varias actividades que permiten compartir momentos distintos todos los días. La ciudad, con una agenda artística repleta, da diversidad a la hora de elegir qué disfrutar. Como si fuera poco, los precios de Colombia permiten democratizar la cultura, con propuestas de entrada libre o costos accesibles.

 

En este tiempo que hemos estado en la capital, son pocas las veces que salimos más allá de los límites del barrio. Es que la Candelaria, además de su encanto colonial, con calles de adoquines, balcones de madera y fachadas de antaño, escapa de los estancamientos del tráfico de Bogotá y de esa muchedumbre de gente que atesta los sistemas de transporte de una ciudad colapsada.

 

Desde el primer día que llegamos, la gente te pregunta si ya subiste a Monserrate. Es una basílica construida hace casi un siglo, ubicada en los cerros orientales a 3150 metros sobre el nivel del mar, desde dónde se aprecia Bogotá que vive 500 metros más abajo, a sus pies. 
El ascenso al cerro que solía hacerse caminando está cerrado por algunos derrumbes que ha sufrido por lo que las alternativas para turistas es subir a través de un teleférico o funicular.


Nosotros no queríamos perdernos el atractivo de realizar el ascenso a pie, por lo que enterados de la que guardia privada del lugar llegaba a las 6, fuimos al lugar a las 5 y media de la mañana, trepamos la reja y subimos, como entendimos debía hacerse para valorar mejor el recorrido. 
Al subir no llevamos cámara de fotos ni celular porque nos habían advertido de la inseguridad que había en el trayecto así que no tenemos registro fotográfico.  De todas formas, no es de las vistas más agradables del camino. En una hora, vimos como la ciudad muta de su silencio nocturno al ruido de motores, sirenas y un smog que a medida que pasan los minutos se hace más gris y cubre la capital como un manto.

 

 A pesar de eso, en La Candelaria estamos en nuestra casa. El buenos días con los vecinos y conversar un rato en la panadería o con Doña Esther, la señora del almacén, ya se transformó en un hábito. Disfrutar las tardes en los alrededores o salir con Fabián y Leti a tomar unas pola, como le dicen acá a la cerveza, en bares que abren de lunes a lunes y en donde las rancheras, música típica del campo colombiano, no pueden faltar, en una rockola que hace democrática la elección.

 

Estando acá nos enteramos que el escritor colombiano Santiago Gamboa, iba a estar presentando su nuevo libro y dando una charla literaria al respecto. Hasta allá fuimos, para disfrutar de tres horas de charlas de escritores, intercambiando también con los asistentes, que disfrutábamos de unas copas de vino tinto. La novela gira en torno al drama del regreso. Se pregunta si es posible regresar realmente, e Incluso si uno regresa, si lo hace al mismo lugar del que se ha ido o la realidad es que la vida está diseñada para no tener regreso, para ir siempre hacia adelante y nunca hacia atrás. 
Una linda coincidencia del camino.

 

Respecto a las negociaciones de paz, ha sido triste ver cómo en un mes se han ido apagando las fervientes manifestaciones de deseos de alcanzarla. Incluso, las noticias muestran cada pocos días a líderes campesinos asesinados, e incluso a dos guerrilleros. 
Como si fuera poco, días atrás la Policía desalojó el campamento por la paz que se había instalado desde la madrugada del 3 de octubre, conocidos los resultados de la victoria del No en la consulta popular. Habían unas 80 carpas que fueron desarmadas bajo la lluvia.

 

 Bogotá quedará en el recuerdo de ser un mojón de despedidas. La primera en irse fue Leo, una chica alemana que viajaba con nosotros desde hacía poco más de un mes. El 31 de octubre regresó a Alemania. A los pocos días se fue Jose, el uruguayo que se sumó a viajar con nosotros desde Cusco y del que nos hicimos hermanos.
Pero también recibimos a Anto, una amiga de Florida, que se animó y se vino de Uruguay a vivir los caminos de la kombi por unos meses.

 

Así transcurrió nuestra Bogotá. Entre calles con graffitis y murales en las fachadas. Entre gritos de vendedores que ofrecen el aguacate a mil, y tombos -como les llaman a los policías- que dos por tres ponen contra la pared a algún joven, solo para comprobar que no lleve consigo las flores del diablo. Esa hipocresía, todavía persiste en Colombia.

 

En un par de días volvemos a las rutas sin saber hacia dónde salir a conocer. Bogotá dejará de ser nuestra realidad y pasará a estar en el recuerdo, entre tantos que nos va dando el camino.

Please reload

instagram

  • Facebook - Manden Yerba
  • Twitter - Manden Yerba
  • Instagram - Manden Yerba

¿Qué tal?

© 2016 - MANDEN YERBA - Uruguay

Teléfonos: (+598)99002825 - (+598)99896527