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Caminando hacia las nubes

16 Dec 2016

Desde hace horas caminamos en ascenso, con tramos de piedra cuando tenemos suerte o barro, mucho barro, en los lugares más complicados. Afortunadamente, antes de comenzar la travesía nos advirtieron que hacía días que llovía en la montaña, por lo que debíamos llevar botas, sí o sí.

 

La experiencia nos ha mostrado que desobedecer esas recomendaciones es estúpido, por lo que no sólo haríamos caso a esa, sino a la otra advertencia que todos en el pueblo (Salento), nos habían hecho: Vayan con guía, porque se pierden. 

Por eso, además de Julia, Max y yo, caminábamos con Gamalier, nuestro guía.
La aventura que describo, constaba en adentrarnos en el Parque Nacional Los Nevados para acercarnos al Volcán Tolima, uno de los tres nevados que tiene el parque, en la cordillera central de la región andina de Colombia.

 

El recorrido comenzó en el Valle de Cocora, donde quedamos en encontrarnos con Gama a las 7 de la mañana. Nuestra impuntualidad nos hizo encontrar 20 minutos después, por lo que media hora posterior a lo pactado, comenzábamos la caminata que desconocíamos, iba a ser tan exigente.
A pesar de lo útiles que resultan, las botas de goma no son el calzado más cómodo para usar. A eso, había que sumarle las mochilas, en las que llevábamos el suficiente abastecimiento para tres días de caminatas. Así, sobre nuestras espaldas, cargábamos bananas, naranjas y manzanas para endulzarnos, ademas de pan, aguacates, tomates, zanahorias y otras verduras, para los almuerzos en pausas de unos minutos en el camino.

 

 El primer día recorrimos 18 kilómetros, en los que ascendimos desde los 2500 metros sobre el nivel del mar del valle, hasta los 3800 en los que se encuentra la casa de montaña en la que pasaríamos un par de noches. Se llama La playita, y en ella viven una pareja y sus cinco hijos, en dónde reciben constantemente a quienes quiere visitar las aguas termales naturales en la montaña o realizar el ascenso al nevado. Nosotros habíamos optado por la primera opción, conscientes de que la segunda, llegar a la cima, en dónde un glaciar lucha contra el efecto invernadero, era bastante más exigente, y conllevaba cinco días de caminata, en vez de los tres que habíamos escogido hacer.


Llegamos a la casa pasadas las 17.30, justo en la hora que el sol empezaba a esconderse detrás de las montañas. La señora de la casa nos ofreció un agua de panela para calentar el cuerpo. Si bien veníamos de horas de caminar, una vez que el sol se va, el frío es solamente soportable de dos maneras: adentro de la casa al lado del fuego de la cocina a leña, o  en la bolsa de dormir.

 

Mientras armábamos la carpa bajo el techo de chapa, al lado de la entrada a la casa, nos avisaron que ya estaba pronta la cena.
Eran casi las 19. Compartíamos la estadía junto a otro guía y un par de viajeros franceses que habían hecho el mismo recorrido y parecían tan cansados como nosotros. Cenamos arroz con frijoles y chorizo (huevo en el caso de los vegetarianos), además de otra agua panela, mientras el tema en común era la vista del glaciar despejada y con una luna a un día de estar llena, después de varios días en los que la lluvia y las nubes no lo dejaban ver. El tiempo -a diferencia del barro- había sido benevolente con nosotros y nos había permitido realizar el ascenso sin usar los pilots descartables que nos cubrían de pie a cabeza, que habíamos que tenido que comprar para la ocasión.

 

Poco después de las 20 nos acostábamos en la carpa, pensando que el cansancio le iba a ganar al frío y así dejarnos dormir. 
Ganó el frío. La noche la pasamos girando de un lado al otro buscando conciliar el sueño, solamente compensado por los paisajes increíbles que habíamos visto durante el día, y los que estábamos a punto de ver.


A las 6 desayunamos. El menú constó de arroz con huevos y un trozo de queso de campaña, además de café y -por supuesto- agua panela.

Atravesamos el páramo, ese paisaje casi desértico característico del lugar, con sus frailejones de más de dos metros, un viento gélido y nubes que lo atraviesan, y lo hacen aún más exótico respecto a lo que estamos acostumbrados a ver.


Luego del páramo, pasamos el Valle del placer para subir un último cerro que nos llevó a unas aguas termales naturales, lo suficientemente calientes para animarnos a meternos en ese paisaje tan frío. Teníamos al lado el pico del Tolima que nos miraba mil metros más arriba, con sus 5215 metros de altura.


Luego de disfrutar las aguas termales emprendimos regreso a la cabaña, a dónde llegamos pasadas las 17. Fueron 26 kilómetros caminados ese segundo día.

El menú para la cena se volvió a repetir, pero esta vez tomamos además un caldo con papas. Esta noche además de la pareja de franceses, hay dos italianos y un par de norteamericanos, además de sus guías.
El dueño de casa está contento, Deportes Tolima le ganó a Bucaramanga y está en la final de la liga, mientras que nuestro guía, Gama, sufre al relator que cada poco le grita un gol que Independiente de Santa Fe le hace a su Atlético Nacional. Lo dejé escuchando el partido y me fui a dormir. Al otro día me enteraría de que habían perdido 4 a 0.

Esa segunda noche dejamos la carpa y nos pasamos a unas de las camas que tenía el hospedaje. Había que descansar mejor para emprender al otro día nuevamente los dieciocho kilómetros de regreso.
Caminar por la montaña no sólo es bueno para apreciar los paisajes. Son horas que uno tiene en silencio para uno mismo. Un encuentro a solas con nuestros pensamientos, con un silencio obligado por la necesidad de oxígeno para caminar. Sólo irrumpen en la caminata, el constante golpeteo de las botas contra el piso embarrado y el silbido del viento que no se queda atrás.

 

Mientras camino por horas, me imagino cómo será regresar sólo a mi país, cuándo llegaré y qué seguirá después de todo esto.

 

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