Una vuelta a lo esencial

16 Dec 2016

¿Existirá la posibilidad de que nos deje estacionar la kombi y armar la carpa para pasar la noche en su finca? Le habíamos preguntamos con Julia al Don que estaba sentado debajo del alero de una de las tantas estancias que hay en el camino, en la zona de los valles, en el departamento del Tolima. Vestía parecido a como lo hacen los gauchos en Uruguay. Botas de cuero, bombacha de campo y camisa a cuadros. Tenía unos setenta años, por lo menos.

 

No contestó enseguida. Así que luego de formular la pregunta quedamos esperando. Se tomó un minuto para terminar en silencio el café que estaba tomando. Se dirigió a la pileta, lavó la tasa y fue lentamente en dirección a la cocina a dejarla en su lugar. Luego de eso, se arrimó rengueando ayudado por un bastón y contestó, aclarando que no oía bien: No les escuché, ¿qué me preguntan?

 

Así son los tiempos en la región de Cajamarca. El lugar es uno de los principales productores agropecuarios del país, por lo que mientras nos adentramos por caminos de tierra entre montañas verdes, se ven plantaciones a ambos lados. La gente, como en todo Colombia, es sencilla, humilde y trata siempre de ayudar en lo que pueda.

 

Desde hace un par de días dejamos Bogotá para recorrer el interior del país. Mientras averiguamos en qué finca nos dejarán dormir, en la kombi nos esperan Max -un francés que conocimos en Bogotá-, Anto -una amiga de Uruguay que se sumó a viajar desde hace unos días- y Coti, una chilena amiga de Julia, una chica de Alemania.

 

El día anterior habíamos realizado el mismo procedimiento para conseguir dónde dormir. De esa forma, por las distintas indicaciones de vecinos habíamos dado con La Persia, una estancia a un kilómetro de Anaime, en la que acampamos a unos metros del río e hicimos un fogón para cocinar y pasar la noche. Si bien el lugar daba para quedarse más días, queríamos seguir recorriendo hacia adentro del valle, por lo que habíamos avanzado buscando otro lugar.

Pasando unos kilómetros el pueblo, dimos con Anatol afuera de una de las pulperías de la zona. Nos indicó que podíamos quedarnos en su finca, que paráramos dónde quisiéramos  así que hacia allá fuimos.

 

En la tarde había estado lloviendo, pero conseguimos que uno de los vecinos del lugar, nos regalara leña seca para que pudiésemos prender el fuego. Para nosotros, los días en el campo no tienen cocinas a gas ni baños de agua caliente. En la mañana, nos habíamos bañado en el río que corre entre las piedras, llevando el agua helada proveniente de las montañas.

La región no es visitada por turistas -eso nos encanta-, por lo que en pocas horas el pueblo ya sabe de esos cinco extranjeros que están viajando en una kombi de colores, parando por ahí.

Anaime es un pueblito de poco más de diez manzanas de extensión, que no alcanza a los mil habitantes. De niños jugando en las calles, de caballos con alforjas a los costados, en los que cargan y transportan lo que produce la tierra. Un río rodea el pueblo, mientras en las montañas, además de las laderas sembradas y los bosques de eucaliptos, se ven cientos y cientos de palmeras de cera con sus decenas de metros de altura. 

 

La región vive de la agricultura, aunque desde hace unos años, ha llegado una minera internacional que ha dividido las opiniones de los lugareños. En diciembre, se hará una consulta popular, con la intención de expulsar a la multinacional de la zona, aunque el futuro es incierto.

En la esquina de la plaza principal, Martha nos recibe en su sencillo, pero agradable y cómodo restaurant. En él, al igual que en varias casas del pueblo, los adornos navideños van tomando protagonismo con luces de colores en las fachadas o arbolitos de navidad que se adelantaron a la fecha.

 

Después de estar de acuerdo en que almorzaríamos arroz con huevos fritos y ensalada (tres de los que están viajando en la kombi son vegetarianos, por lo que nos adecuamos a ellos), salió a la tienda más cercana a buscar algunos ingredientes que le faltaban para preparar la comida, mientras esperábamos conversando en una de las mesas. Éramos su único cliente en ese momento. Sin prisa, volvió de hacer los mandados y se dispuso a cocinar, mientras nos preparaba también un vaso grande de avena con leche. Luego de un rato, partimos, llenos de deseos de buen viaje y recomendaciones de lugares de la zona.

 

La historia que cuento esta vez no tiene dotes extraordinarios, ni aventuras asombrosas. La historia de esta vez, ilustra el cambio de salir de una ciudad de 10 millones de habitantes con todo lo que ello implica, para disfrutar de lo esencial. La sencillez y amabilidad de la gente. La tranquilidad de la naturaleza. Lo elemental.

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