Entre mis yo

27 Mar 2017

Físicamente iba en un ómnibus de la línea 181, sentado contra la ventana, en uno de los primeros días frescos de este otoño del Sur, con destino al Hospital de Clínicas en Montevideo. Mi mente sin embargo, andaba por otros lados, por dónde Plinio Apuleyo Mendoza me llevaba con sus relatos sobre la vida de Gabriel García Márquez: Las noches heladas de París, la agitación popular de Caracas, el calor de Barranquilla y el caribe colombiano y por La Habana y las sierras de Cuba, dónde la revolución acababa de comenzar. 
En un momento de mi ensimismada lectura, levanté la vista mirando hacia ningún lugar.
Noté que un señor, que viajaba junto a su pareja sentado del otro lado del pasillo, me sonreía y levantaba su pulgar en señal de aprobación. Primero pensé que era un conocido, que en el momento no lograba recordar, pero luego descarté tal hipótesis. El señor, un veterano de pelo canoso, ojos claros y con esa cara de ternura que genera quién puede ser abuelo de cualquiera de nosotros, ante mi desconcierto señaló el libro y volvió a sonreír y saludar con su pulgar en alto, sin mediar palabra alguna.
No me acerqué a preguntarle el motivo de su saludo afectuoso, y me quedé con la duda de si su aprobación era por estar leyendo sobre Gabriel García Márquez o simplemente por estar leyendo, en un ómnibus en el que de los restantes veinte pasajeros, más de la mitad iba atrapado mirando fijamente el celular. 
Mi yo viajero, el de hasta hace unos días nada más, se hubiese acercado y entablado una conversación. Hubiese conocido sus intereses y por qué no, una historia de vida. Mi yo no viajero, dejó pasar esa oportunidad y se volvió a internar en la lectura. 
Compartir con extraños, reírse con ellos, tener diferentes puntos de vista y sin embargo coincidir. Todas esas cosas aprendí de gente a lo largo del camino, aquellos que en algún momento del viaje nos alegraron el día por haberse acercado a conversar con esos muchachos que andaban por ahí, viajando en una kombi y les generaban curiosidad y con los que con muchos de ellos, nos mantenemos en contacto hasta hoy.
No quiero volver a ser el yo de antes del viaje, porque me di cuenta que ese yo, me cae bastante mal.

Por Adrián Barrán.

 

 

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