Trece kilos y un millón de preguntas

20 Mar 2018

Hace un mes salía desde Montevideo con destino a París, comenzando así un nuevo viaje, esta vez por Europa, dónde nunca había estado.
Treces kilos en la mochila -tres de los cuales eran yerba- pasarían a ser mis pertenencias a partir de ahora.
Llevaba además la incertidumbre de todo, que si bien no ocupa espacio físico, ocupa espacio.


París me recibió en una de sus noches más frías de este invierno. Mediante indicaciones en inglés y señas (porque de francés no sé más que ça va), pude llegar a la dirección que tenía anotada, donde Leti y Fabián me esperaban para tomar el primero, de unos cuantos vinos que empezarían a terminarse.
Me prestaron sus bicicletas para que pudiera recorrer París a mi antojo, y así fui deslumbrándome con los típicos lugares que miles visitan a diario. El Sena, Notre Dame, la Torre Eiffel, Montmartre. París. Sus calles hechas para andar en bicicleta con todos los privilegios, sus fachadas de encanto, los rincones de tantos libros ambientados en esa ciudad. No pude despegarme de los relatos de Cortázar, y hasta fui hasta su tumba en Montparnasse para contarle que por culpa de él también en parte, yo estaba ahí. Una de esas tardes me junté en los jardines de Luxemburgo a tomar unos mates con Santiago, quién nos había recibido en Tucumán cuando viajábamos por América en la kombi. A los pocos días cambié de barrio. 

 

Como sacado de un relato del novelista colombiano Santiago Gamboa, Ema, una rumana amante de la cultura latina, que no me conocía, ni yo a ella, me hospedó en su apartamento que comparte con un malagueño y una chica de India.
Después de varios días de disfrutar de ese intercambio cultural, un cambio de planes, de esos que el camino está lleno y que son siempre bienvenidos, me llevó a Köln, Alemania, a visitar a dos amigos-hermanos uruguayos, Alejandro y Fernanda, que también andan haciendo y buscando, su camino al andar. Por ellos, conocí a Daniel, Nacho, Pamela y Maxi, con quienes ya tengo ganas de volverme a cruzar. 

 

Köln tiene aún más bicicletas que Paris, por lo que fue sencillo pedalearla de arriba a abajo. Entre mates frente al Rhin, reguetones (sí, cumbias también) y cervezas, los días se fueron volando y me encontré viajando todo un día en ómnibus para llegar al país vasco, al que tanto quería conocer.


Por esas cosas que tiene desafiar al destino, fui a parar a Helette, un pueblito mínimo en las montañas francesas a 12km de Hasparren, de donde provienen mis antepasados, quiénes allá por 1860 cruzaron a Uruguay.
Aquí me recibieron Anthony y Jane, padres de Melissa a quien había conocido en Bogotá, para mi primera experiencia como voluntario en el viejo continente, nuevo para mi.
Acá paso los días desde hace una semana, con el invierno que no se quiere ir pero en una casa llena de calor, hospitalidad, nuevos sabores y enseñanzas. Debido a mi analfabetismo francés, nos comunicamos en inglés, mientras después de horas de estudio aumenté mis conocimientos de palabras a comment ça va y je sui Adrián (nótese que agregué el comment).


En unos días llegará Horacio, con quién tenemos planeado comernos Francia a pedalazos, buscando promover el uso de la bicicleta y llenarnos de historias porque si nomá. Porque no queríamos quedarnos con las ganas.
Tenemos un año para estar acá. Si estaremos un mes, tres, seis o lo completaremos, no lo podemos asegurar, eso sí, llevamos una frase de Galeano que tenemos que respetar, tenemos la obligación y necesidad de vivir cada día como si fuera el primero, y cada noche como si fuera la última.
Bon appétit. 

 

 

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