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De visas, egoísmos y sellos que no están

25 Mar 2018

El absurdo es que no parezca un absurdo. El absurdo es que salgas por la mañana a la puerta y encuentres la botella de leche en el umbral y te quedes tan tranquilo porque ayer te pasó lo mismo y mañana te volverá a pasar. Es ese estancamiento, ese así sea, esa sospechosa carencia de excepciones. Yo no sé, che, habría que intentar otro camino.


Las palabras que Cortázar puso en boca de Oliveira en Rayuela, me vinieron a la mente el día que nos dieron -a Horacio y a mí- la visa para poder viajar y trabajar un año por Francia.
Si antes me había parecido absurdo tener que llenar formularios, escribir motivaciones y tener que demostrar que tengo una determinada plata en el banco (que no la tengo pero por suerte el sistema es vulnerable), mucho más me pareció cuando empezamos a recibir felicitaciones, de quienes se alegraban de que nos hubieran dado la visa. 

 

Nuestro único mérito fue cumplir con los requisitos que la embajada solicitaba en este caso, y tener la voluntad de hacerlo. El absurdo es que seamos unos privilegiados en tenerla. Que desde un escritorio, tengan la facultad de decidir quién tiene derecho a recorrer o trabajar en uno u otro territorio.


Europa ha cerrado sus puertas a inmigrantes que escapan de sus países en situaciones de guerra y hambre. Los expulsan, los encarcelan, con una falta de empatía ante otros seres que su único delito ha sido nacer en un lugar en el que no tuvieron su misma suerte. Familias enteras esperan en campos de refugiados, aguardando también un papel sellado que les autorice a ingresar. En su caso, su visa no es por viajar, aprender y conocer, si no que con ella buscan cambiar las condiciones actuales y tener los derechos que por lo menos todos deberíamos tener, empezando por la vida.


Afortunadamente existen movimientos que buscan ayudar a esa gente y se organizan para que su estadía dentro de la ilegalidad, sea lo más humana posible. Me encontré con una de esas organizaciones pedaleando por Köln en Alemania y con otra de ellas, trabajando activamente en el país vasco francés. 


Desafortunadamente, esos movimientos son impulsados por unos pocos voluntarios que se han puesto en su lugar y comprendieron lo injusto de esa situación.

Algún distraído leyendo puede pensar que eso no pasa en Uruguay. Si bien nuestras restricciones no son las europeas, también las tenemos. En cuánto comenzamos a tener una gran inmigración de dominicanos, se estableció que a partir de entonces tengan que solicitar una visa.
Los cubanos, que salen de la isla buscando una mejora económica o simplemente vivir en Libertad, también encuentran sus obstáculos a la hora de instalarse en nuestro país, teniendo que justificar su ingreso y teniendo demoras para obtener la documentación que les permita trabajar. Eso, siempre que logren llegar, porque antes deben cruzar a Guayana, atravesar Brasil ilegalmente y otras cuestiones desagradables.
Lo mismo pasa con quienes vienen de Haití, Antigua y Barbuda, y Santa Lucía.

Hoy Montevideo tiene un montón de venezolanos y si para ellos es una vida mejor, entonces que sean muchos más. Hagámosle sentir que a partir de ahora este es su lugar.


Más de una vez escuché el argumento de que llegan a quitarle el trabajo a uruguayos.
¿Y si fuésemos nosotros los desfavorecidos de no haber nacido en nuestra tierra o que las condiciones en ella fueran de guerra o carencias? ¿No nos gustaría entonces poder escapar de esa situación, como les sucedió a muchos durante los años de gobierno dictatorial?
¿Vamos a permitir ese tipo de pensamientos egoístas?

Manifestémonos. Seamos activistas, o como le quieran llamar, pero estamos viviendo en un mundo que mira para el costado ante situaciones que no se deberían tolerar.


Cambiar esta realidad, cómo cualquier otra, empieza por cada uno de nosotros. El Estado representa al pueblo y es el pueblo mismo quien verdaderamente tiene el poder de cambiar lo establecido.

Yo no sé che, habría que intentar otro camino, dijo Oliveira, pero claro, Oliveira estaba loco. 

 

 

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