Francia en bicicleta

20 Aug 2018

Por Adrián.

 

La alforja de Horacio, que cuelga a ambos lados de la rueda trasera, nuevamente está algo inclinada hacia la derecha, aunque eso no llega a convertirse en problema. Encima de ella, sobre la parrilla, otro compartimiento del mismo juego de alforjas hace las veces de alacena. La llamamos así porque ahí llevamos las cosas necesarias para cocinar: algún paquete de arroz, aceite, verduras, tuppers, ollas, cubiertos, detergente y cosas por el estilo, además de una botella de vino que por suerte, nunca falta. La leche, que acá la venden en botellas de plástico con tapa de rosca, va en el bolsillo de costado, donde las probabilidades de que se vuelque disminuyen.

Encima de la alacena va el sobre de dormir, sujetado también por dos gomas que alguna vez fueron una cámara. A veces, ahí también viajan un par de baguettes. Por último, arriba del sobre, se extiende el panel solar que a medida que avanzamos va transformando los rayos del Sol en energía, que alimenta los celulares y una lamparita.


Detrás de esa torre de equipaje -detrás desde mi perspectiva, pero sentado delante de ella- va Horacio, que suele vestir calza negra y desde hace unos días, una malla celeste.
Lo más próximo a mi, cuando él va cortando el viento y yo chupando rueda, es una banderita de Uruguay que me ayuda a saber dónde ubicarme según cómo flamea.
A los costados, el paisaje. Hace rato quedaron atrás los pinos de las Landes y su suelo arenoso, hace rato también pasaron los viñedos de la región de Bordeaux. Ahora, una vez abandonada la costa atlántica y sumergidos en el campo de la región central de Francia, abundan las plantaciones de maíz, girasol y melón, además de los bosques y molinos de viento. Excepto en los campos con vacas, no hay divisiones de alambrados.


Sin importar la zona, cruzamos constantemente pueblitos de dos minutos. Los nombramos así porque así de efímero es nuestro paso por ellos. Un cartel los anuncia, una lomada nos hace saltar, un rotonda nos encamina nuevamente, y todos nos maravillan con lo mismo, pero cada uno con su estilo: una iglesia, una plaza, la “boulangerie”, casas que van cambiando su arquitectura, aldeas con vida, aldeas más desiertas de lo que se puedan imaginar y fin, dos minutos y un cartel que nos dice hasta pronto, cómo si acaso hubiera un hasta pronto. En algunos, nos detenemos a cargar agua en lo de algún vecino, o hacer pausas para tomar un café -porque también cargamos con una cafetera-.


Avanzamos a unos 25 kilómetros por hora, a veces más, si el viento nos los permite. Recorremos unos 60 kilómetros por día, eligiendo en el mapa puntos de llegada que no tenemos la menor idea cómo serán, pero siempre son lo mejor que nos pudo pasar. En el camino procuramos comprar las cosas necesarias para que cuando nos detengamos, tengamos lo necesario para merendar cenar y desayunar.


En mi alforja, el complemento: además de la ropa cargo con una cocinilla -o camping gas, como le llaman acá-, termo, mate, herramientas básicas para el mantenimiento de las bicicletas y encima de ellas, la carpa.
Antes del anochecer, procuramos encontrar un lugar que cumpla con los requisitos para pasar tranquilos. Suelen ser campos aislados, bosques, playas, al costado de un río, en el fondo de una iglesia. Nos alcanza con tener un techo de estrellas, seguir la luna que hoy vuelve a estar en fase creciente e imaginarnos, de qué animal serán los ruidos que se escuchan a nuestro alrededor.


Comenzamos el camino rumbo a Nantes, pero lo hemos ido cambiando una y otra vez. Saber que hay amigos en el camino nos desvía. Priorizamos eso que la foto de cualquier monumento o edificio histórico, que no nos va a llenar más que compartir unas horas de risas y momentos para no olvidar. Hoy, avanzamos rumbo a París, con el objetivo de llegar a Ámsterdam. Si llegaremos o no, tenemos claro que no lo sabemos. Antes, está el camino. 

 

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